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TERTÚLIA DEL DIA 5 DE MARÇ: ETICA LAICA


El pròxim dia 5 de març, i en el lloc on s’han efectuat habitualment(Cafè Restaurant Estruch al carrer Bailen, 219, de Barcelona, a l’alçada d’Antoni Maria Claret ) , a les 7h en punt  farem la tertúlia. Lògicament esperem que sigui del gust de tots els assistents i comptem amb una àmplia assistència.

El tema que abordarem es “Etica laica”:

El próximo 5 de febrero, y en el lugar donde las hacemos habitualmente (Cafè Restaurant Estruch en la calle Bailen, 219, de Barcelona, a la altura de Antoni Maria Claret ) , a les 7h en punto  haremos la tertulia. Lógicamente esperemos que sea del gusto de todos los asistentes, contamos con una amplia asistencia.

El tema que abordaremos es “Etica laica”:

Cuando criticamos las iglesias por ciertas “barbaridades” o crímenes o por sus funciones represivas o retrógradas, se hace patente un problema que desorienta a muchos pensadores progresistas. Con o sin iglesias, con o sin religiones, existe alguna diferencia entre lo que nos parece bien y lo que nos parece mal. ¿Pero cual es la brújula ética que justifica las valoraciones desde una perspectiva laica? Paradójicamente, desde una perspectiva antidogmática se suele apelar una valoración meramente intuitiva, lo cual choca con la reivindicación de la racionalidad. Otros, entrando en tensión con su espíritu crítico, pretenden hacer meras descripciones y reniegan −eso creen− de todo juicio de valor, emulando los principios de las ciencias naturales.

Cogiendo el toro por los cuernos, y negándoles el monopolio moral a los moralistas de divina inspiración, nuestra pregunta será: ¿en qué se diferencia la moral laica del dogmatismo religioso? Rechazando tanto la moral revelada como el relativismo aniquilador de todo juicio valorativo con pretensión de objetividad, nos quedan las siguientes opciones para justificar nuestros juicios morales:

Yo defiendo que, tal vez en contra de las apariencias, nuestros juicios valorativos comunes y cotidianos son relacionales. Cuando decimos que X es bueno, en el fondo decimos que X aporta algo a nuestro bienestar. Esta perspectiva, considerando el efecto de cualquier cosa sobre nuestra capacidad (o obligación natural) de sentir, extendida también a la suerte de los demás ya nos ubica en el terreno de la acción ética.

Dado que se trata de relaciones, nos encontramos con el problema de que una misma cosa puede ser buena en un aspecto y mala en otro, ya que puede tener efectos diversos según qué relación se dé. Más a nuestro favor, porque es precisamente lo que ocurre con los juicios morales: son altamente inestables y, si no lo son, nos parecen demasiado rígidos, tal vez falsos. Mucho me tengo que equivocar, si no es precisamente la variedad de efectos de muchas cosas lo que, en último término, conscientemente o no, provoca nuestro rechazo de los dogmas y las doctrinas definitivas (que en la práctica también se cambian y reinterpretan pesa a presentarse, a menudo, como verdades definitivas).

Nuestro criterio moral es el bienestar de los seres humanos en tanto seres sensibles aquí en la Tierra, y como deber moral, o compromiso si se quiere, consideramos la necesidad de resolver los problemas que provocan sufrimiento. La moral religiosa podría ser uno de los problemas ya que no tiene un compromiso explícito con el bienestar terrenal general. Decir simplemente que es acientífica no es decir nada, ya que ninguna moral tiene que ofrecer verdades científicas, como tampoco lo tiene que hacer ningún cantante de ópera.

Me queda por confirmar el sufrimiento como fuerza imperativa con derecho de movilizar nuestra razón como elemento codeterminante de nuestra conducta. La prueba última consiste en un tipo de acción tal como meter el dedo en una llama, pero algo también se me ocurre para corregir ciertas ideas con palabras. Nuestra capacidad o necesidad de aceptar el sufrimiento en ciertas circunstancias parece conferirle algún tipo de “sentido” que desautorizaría mi postura. Pero si nos fijamos un poco, veremos que todo “sentido” del sufrimiento se reduce a ser el mal menor, incluso en sus justificaciones más extravagantes. La vida sería aburrida sin sufrimiento (grave será el sufrimiento por aburrimiento), etcétera. Es cierto, sin duda, que algunos castigos −que provocan sufrimiento− pueden estar justificados para proteger a los demás. También son necesarios muchos esfuerzos y decisiones dolorosas para combatir múltiples problemas. Pero no es todo eso un sentido, como no tiene sentido el dolor que nos provoca el dentista pese a ser bueno ir al dentista si los problemas de la dentadura nos hacen prever sufrimientos. Es una lamentable necesidad o, lo que es los mismo, el mal menor justificado. Mantengo, en resumen, que el principio del mal menor es el único matiz que hay que añadir a la idea del sufrimiento como mal radical para hablar de lo que importa en el mundo.

Hay éticas deontológicas, éticas del deber, y concretamente la más famosa, que buscan la solución moral en un ejercicio endogámico de la razón, léase lógico. Para Kant el imperativo categórico nos manda obrar de acuerdo con máximas que puedan ser leyes universales. Esta universalidad se muestra insensible a las circunstancias y a las posibilidades del agente moral y lleva a un número muy reducido −y aún así poco convincente− de principios absolutamente válidos: no hay que mentir nunca ya que la mentira general anularía la posibilidad de comunicación y ni las propias mentiras surtirían efecto; no hay que robar nunca, ya que si tal cosa estuviera permitido no existiría la propiedad y nada se podría robar; no hay que suicidarse porque es absurdo que la voluntad se ejerza para anularse…

Este tipo de éticas también suele confundir el agente moral con el paciente moral. El fin en sí es para ellas el ser racional. A esto opongo mi convicción de que el fin en sí es el ser sensible y que la racionalidad interviene sólo en la determinación de la acción moral del agente. El ser humano puede ser ambas cosas, agente por racional y paciente por sensible, por estar expuesto al dolor, al miedo, a la alienación, al hambre, a la miseria, a las enfermedades, a las agonías, incluso a la tortura. Así salvamos a los bebés y los dementes sin necesidad de forzados argumentos ad hoc (que por supuesto aparecen cuando las implicaciones iniciales parecen demasiado aberrantes). Esto, dicho sea de paso, también convierte a los animales en entidades morales en tanto seres capaces de sufrir, por más que no puedan determinar racionalmente sus derechos.

La imperatividad del sufrimiento también permite desatascar la llamada falacia naturalista, denunciada por el ilustrado escocés Hume, que consiste en pasar del ser al deber ser (o no ser), esto es, de los juicios descriptivos (empíricos, científicos) a los prescriptivos (valorativos). En el sufrimiento tenemos algo efectivamente existente que a través de su presión nos hace imaginar las alternativas a los contextos problemáticos, a llamar malos a éstos y buenas a aquellas. El ser del sufrimiento le da un fundamento positivamente existente a la contrafáctica anticipación de un mundo mejor, que en tanto anticipación no puede ser un producto de una ciencia descriptiva, incluidas las ciencias sociales. Marx podría escribir 200 tomos descriptivos del capitalismo; esto por si sólo no llegará a significar que haya que transformar nada, aunque ofrezca herramientas para la transfomación. Por supuesto, el convidado mudo es el bienestar humano, más exactamente: el no malestar.

No quiero terminar esta exposición sin añadir una propuesta de mejora poco considerada pero, a mi entender, muy importante (y que no quita nada del valor de las propuestas para el progreso social). Hay una evidente dimensión demográfica del sufrimiento. Una política antinatialista podría ayudar seriamente a reducir el número de víctimas de todo tipo de problemas, tales como el hambre, la violencia, la miseria, los accidentes, los padecimientos psíquicos, las catástrofes naturales, la tortura, las agonías en general, y vuelvo a repetir tortura como expresión extrema de mi criterio de la sensibilidad imperativa.

En contraste con las irreflexivas doctrinas tradicionales que −dejando de lado su potencial manipulador− ofrecen más lenitivos psicológicos que soluciones prácticas, he aquí mi lema: ¡Sexo sí, hijos no!

Miguel Schafschetzy

Enero, 2010

www. everyoneweb.es/procreacion

Se puede solicitar mi ensayo sobre Ética a:

mischa@mailpersonal.com

A “Llistat d’articles i col·laboracions” hi trobareu un text de Sartre sobre el tema

Publicat el 28 Febrero 2010 per Padc | Arxivat a Arxiu, Ateus, Tertulias