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El papel de la Iglesia en la alargada sombra de la “Cruzada”

Una cosa es la Cruz (las creencias en Jesús de Nazaret) y otra cosa es la Cruzada (manipulación guerrera de la Fe en la Cruz). Y también cabe establecer que una cosa es observar una realidad y analizarla imparcialmente “desde fuera” y otra cosa es verse implicado en tal realidad como un activo partícipe en ella -en uno u otro sentido-. Este último caso, no obstante, no sería tampoco óbice para una investigación correcta, siempre que se cumpla la condición de imparcialidad -juzgable, además, por los otros investigadores-: no sea que el ojo que ve lo de fuera se dejara influir por el horizonte vital propio de la acción -política, religiosa/antireligiosa- en que se halla el investigador -la neutralidad axiológica requerida en la observación, según Max Weber-.

Esta previa norma metodológica es muy básica -debo decir que he investigado, con varios libros, temas de la Iglesia de los tiempos de Franco y de la actual-.

Transmitamos ahora al lector, telegráficamente, una serie de datos -en realidad, una serie intermitente de espeluznantes y macabros flashes– a fin de que sea él quien juzgue por sí mismo sobre el tema tras ver los hechos que se detallan:

·El hecho traumático de la Guerra Civil española, con una Iglesia de clara aliada de los golpistas. Primado y Carta Pastoral Colectiva de los Obispos de 1937: se intima a la conciencia de los españoles –y se pretende imponerlo al mundo- que acepten su definición de Cruzada para aquel golpe militar (llegan a equiparar el plebiscito de las armas al anterior plebiscito de las urnas con la República). ¿Aceptarían las conciencias españolas, cual rebaño sumiso, tal magisterio y versión del hecho? ¿llegaría a darse un franquismo sociológico que posibilitara tan larga duración del golpe militar a pesar del aislamiento internacional incipiente? -¡Oh, los cuarenta enormes años de dictadura impuesta! ¡Ay, el pisoteo de todas las libertades democráticas!-.

·¿Y el culto al Caudillo el año 1942 en Montserrat por todo el Episcopado Catalán, sus Capítulos Catedralicios y los Provinciales de las Órdenes Religiosas? Es un homenaje rendido al Generalísimo como “Libertador de la Religión y la Patria”, como “Promotor de los valores espirituales consustanciales de España”, “interpretando los sentimientos del Metropolitano de la Tarraconense”, Vidal i Barraquer, a cuyas espaldas y en cuyo nombre se pontifica -Barraquer, por negarse a firmar la Pastoral franquista, está exiliado por el tirano a quien los otros rinden homenaje-.

·Y el Obispo Moll declarando en su Exhortación Pastoral en Lleida, ya el 24 de mayo de 1938: “Confiamos en la Nueva España… Unos hombres sin fe y sin amor patrio asaltaron el gobierno de la Nación… Pero la Providencia nos deparó al hombre salvador, al Caudillo invicto, el Generalísimo Franco y, con él, a una pléyade de caballeros y cruzados del honor de España… Así será Una… Grande… y Libre…”

·Y otra serie de “flashes” congelados: las dos pastorales del Primado de España, Pla i Deniel, en 1945 –en pleno aislamiento de Franco-, exigiendo que sea reconocida en la Carta Atlántica su definición de Cruzada y que los demás países no se inmiscuyan en los asuntos privados de España –de hecho los Aliados nunca ya nos liberarían del dictador, como sí liberaron a Europa; y ahora todo europeo lo celebra-: esgrimen, como argumento del “hecho” de Cruzada, su persistente declaración en esta misma línea de Magisterio, “de otra forma, la Iglesia se habría equivocado y ello no es posible” -y el pueblo cristiano picando en el anzuelo-. Luego, la estampa y firma del Concordato entre la cúspide de la Iglesia y el Estado franquista en 1953, consumación jurídica del nacional-catolicismo que ya estaba en marcha y que trae la ratificación del privilegio de elección de obispos por Franco (“Derecho de Presentación”) vigente desde 1941.

·Un par de instantáneas más -de la diócesis investigada como muestra-: la exclamación del “Digitus Dei est hic” (“El poder –la esencia- de Dios está aquí”) ante el Generalísimo bajo palio en la Catedral de Lleida por el Pontífice del lugar en 1955 –aquella elocuente foto es la portada de mi libro L’Església sota el franquisme-; y la intimación pontifical a todas las conciencias de la definición de Cruzada por parte del mismo obispo del Pino  (esto era en 1964, cuando a la aceptación de esta idea -ya en crisis- convenía apuntalarla): urgía a todos “la entronización en la sede de nuestras conciencias de la interpretación correcta del curso de la reciente historia de España”. ¡La larga postguerra española: cuarenta inacabables años de Cruzada! ¡Un yermo mental impuesto sin horizontes! ¡Íntima unión Iglesia-Estado en nacional-catolicismo! y    legitimador moral-religioso de tantas crueldades en nombre de una Cruzada.

·La llamada crisis de noviembre hacia el fin del Concilio Vaticano II: es el 19 de noviembre –el jueves negro-. El representante de la curia (era el bando perdedor) declaró por sorpresa que quedaba aplazada la votación prevista para el esquema Libertad Religiosa -es decir, hasta el año siguiente- No valió la indignación episcopal del Aula -se trataba del tema estrella, que implicaba el cambio de paradigma en la Iglesia- donde allí mismo y en un momento se recogieron 1000 firmas -casi la mitad de los presentes- para exigir la votación ya. Todo fue en vano. La razón de fondo era que un 10% de los conciliares querían más tiempo para pensárselo. Bastantes -aparte los señores curiales- eran españoles: ocupaban grandes cargos políticos en España, elegidos por Franco.

[Valga aclarar que el número de obispos españoles detentando entonces cargos políticos es mayor que el del resto de todos los obispos europeos en situación similar; que el mismo año 1964 se ha lanzado al público la carta colectiva de 400 clérigos impeliendo al Episcopado Catalán a descabalgar del carro del dictador triunfal; que, contra toda razón, estos obispos persisten y, con el apoyo de los curiales, consiguen paralizar la votación del Decreto Libertad Religiosa hasta un año después e incluirle la siguiente modificación: “que a un Estado Católico se le permita conceder a la Iglesia Católica una situación jurídica privilegiada”.

La exigencia de aquellos señores tenía una clara explicación: habían estado prestando, durante los últimos 30 años, sus colores vistosos de Sucesores de los Apóstoles al dictador surgido de un golpe militar -transformado así por los Obispos en Cruzada-. Y éstos, disfrazados de guerreros medievales pontificando con mitra (como el obispo del Pino, año 64) “sobre esta magnífica epopeya patria y su interpretación cristiana, la única verdadera y real del sentido de nuestra vida nacional”, eran los cruzados presuntamente portadores del mensaje del Jesús de Nazaret -muerto en Cruz por atacar el Ritual del Templo-. Por estos méritos, ellos se sentían con derecho, de bracete con los monsignori, de paralizar el Decreto Conciliar para hacerlo encajar a su situación jurídica privilegiada, reclamable al Estado franquista. ¡Y lo consiguieron! (Cfr. mi capítulo “El Concili Vaticà II: obertura religiosa i nova involució” en El franquisme a Catalunya -Vol. III, 2006- de AA.VV)]

·Un último “flash” de 1971, con el dictador acabándose: la Asamblea Conjunta Obispos-Sacerdotes, donde el episcopado se muestra aún contrario a la condena del franquismo y a la petición pública de perdón por haber la Iglesia tomado claro partido a favor de los golpistas -propuesta que no llegó a los dos tercios exigidos por los obispos para su aprobación-: muchos de los curas contestatarios de entonces, ya se secularizaron o exclaustraron -uno, Vicente Ferrer- y su número en España en 1985 era ya 15.000.

Unas nuevas preguntas: ¿Se acabó, con el dictador, la alargada sombra de la Cruzada? ¿Se acabó, en fin, tal exigencia de un pensamiento integrista-agresivo sobre una sociedad que es ya claramente plural y que no acepta imposiciones confesionales?

Veamos qué está pasando ahora con sólo echar un vistazo a periódicos del día. Sacaré algunos extractos de tres de ellos que tengo ahora en mano: “Interferencias eclesiásticas” (El País, 24-VI-09) de Javier Pradera; “Proponer sin imponer, cuestionar sin condenar” (El País, 25-VI-09) de Juan Masiá, jesuita profesor de Bioética en la Univ. de Osaka en Japón; y “Violencia de género y sociedad” (El País, 27-VI-09) de Margarita Pintos y Juan José Tamayo, teólogos católicos.

Comienza Javier: “La Conferencia Episcopal (CE) ha respondido con rapidez a la aprobación el pasado 14 de mayo del anteproyecto de Ley Orgánica de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo mediante una arrasadora declaración contra la ‘ley del aborto’ (así denominada por los obispos)… [realmente es ley de despenalización]. Esa agresiva rotundidad contrasta con la cautela del cardenal Cañizares en torno a los abusos sexuales cometidos en parroquias, seminarios y colegios religiosos a costa de púberes y adolescentes, investigados, probados y sancionados en EE.UU, México e Irlanda; una pesquisa, por cierto, nunca llevada a cabo -como debiera- por la Iglesia española[…] La CE acompaña su defensa de derecho a la vida con la denuncia de una supuesta cultura de la muerte, implícita en las prácticas abortivas…”

[Haciendo en este punto un inciso, el teólogo Masiá (Cfr. el País del día siguiente) enseña que hay que: “comprender la vida naciente como un proceso (dado que) en sus primeras fases no está plenamente constituída como para exigir el tratamiento correspondiente al estatuto personal… y (estar atentos) a no mezclar delito, mal y pecado; (que) rechazar desde la conciencia el mal moral del aborto es compatible con admitir, en determinadas circunstancias, que las leyes no lo penalicen como delito…; que no se pueden ignorar las situaciones dramáticas de gestaciones de adolescentes, sobre todo cuando son consecuencia de abusos… ni lo trágico de estas situaciones, (sino que hay que) abordar el problema social del aborto para reprimir sus causas y ayudar a su disminución…; y que (desde luego) debe mejorarse la educación sexual para prevenirlo…y enseñar el uso eficaz de recursos anticonceptivos; y que, sin tomar en serio la anticoncepción no hay credibilidad para oponerse al aborto…y que  (conviene) independizarse de patologías extremistas…” Todo fiel cristiano puede, pues, atenerse con recta conciencia a las directrices morales del teólogo Masiá, puesto que, según es doctrina común aceptada en la Moral Católica, el cristiano puede seguir, en su conducta práctica, cualquiera de las doctrinas morales disputadas, “incluso la menos probable”]

Pero, sigamos con el hilo del texto de Javier respecto a la supuesta cultura de la muerte en toda práctica abortivaantes de la interrupción de Masiá-:

“Los obispos fingen olvidar, sin embargo, el necrófilo papel desempeñado por la Iglesia como testigo mudo o connivente en las matanzas perpetradas por las dictaduras fascistas y militares del siglo XX y como incitadora de la Cruzada emprendida contra el Gobierno legítimo de la Segunda República española…

“La Declaración se dirige no sólo a los fieles de la Iglesia católica, obligados a obedecer a sus pastores, sino también al resto de la humanidad, receptora de ‘los justos imperativos de la razón’ transmitidos por ‘la ley natural escrita en su corazón’. La amenaza de excomunión a los creyentes relacionados incluso remotamente con prácticas abortivas -subrayada con delectación por el meloso portavoz de la Conferencia Episcopal- sólo surte sus efectos dentro de una asociación voluntaria…” [y valdría aquí -interrumpiendo por un momento a Javier- traer a colación la episcopal manipulación del miedo o del complejo de culpa y, por parte de la víctima, su cooperación más o menos inconsciente o conspiración de silencio: eso sucede cuando ella interioriza los anatemas que le infunden culpas o miedos a infiernos y de este modo acepta su infeliz destino (dentro del horizonte mental de lo que se da por supuesto) y actúa como triste comparsa del curso de acción que otros -con tal meloso portavoz- han planeado y decidido para ella. ¿Puede ella evitarlo? Y si es así, ¿no le urge ya?]

“Resulta inadmisible, por el contrario -así concluye Javier-, la interferencia que pretende causar la Conferencia Episcopal -sus miembros tienen pasaporte español, pero son designados y adoctrinados por el Estado Vaticano- en el órgano supremo de la soberanía popular y nacional a través de su mandato imperativo –bajo pena de excomunióna los parlamentarios católicos para que boicoteen el proyecto de ley del aborto”. [¿No se trata ya de una real intromisión o boicoteo en regresión a la Cruzada?]

La teóloga y teólogo Pintos y Tamayo denuncian que algunos Jerarcas atribuyan a la “revolución sexual” un papel responsable en el “alarmante aumento de la violencia doméstica, abusos y violencias sexuales de todo tipo, incluso de menores en la misma familia”, según frase que citan del Directorio de la Pastoral Familiar de la Iglesia en España, aprobado en la LXXXI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal española el 21 de noviembre de 2003. “Y más grave aún -enfatizan- es el caso de Alpha y Omega, semanario de la Archidiócesis de Madrid, que afirma: ‘Cuando se banaliza el sexo, se disocia de la procreación y se desvincula del matrimonio, deja de tener sentido la consideración de la violación como delito penal‘ (sic) ¡Toda una legitimación religiosa de la violación y una gravísima agresión contra las personas violadas…!”

¿Qué respondería si se perdiera entre las macabras tesis del Alpha y Omega el actual Cardenal Prefecto de la Congregación para el Clero del Vaticano? Porque resulta que este honesto señor ha calificado la pedofilia como “un crimen terrible”, que afecta al 4% del clero, es decir, a unos 20.000. No creo que siguiera insistiéndoles a éstos en la virtud del celibato obligatorio. Y ¿qué si, en ese extravío laberíntico de Alpha y Omega, resultara atrapado un ingenuo lector dubitativo sobre su Fe? ¿cuáles serían “los justos imperativos de la razón siguiendo la ley natural escrita en su corazón”? -Huir de tal Fe.

Queda por analizar otro de los grandes contenciosos Iglesia-Estado: la Enseñanza Pública/Religiosa y el constante ahínco Jerárquico en dirigir la educación.               Pero éste sería otro tema -muy importante-, que requeriría otro artículo.

Ahora bien, ¿dónde buscar el origen de la actitud troglodita en los Jerarcas de hoy -de quienes no aceptan las bases laicas de un Estado plural y quieren forzarnos a un regreso a la “Cruzada”-? ¿Qué está pasando? No creo que pueda ser ya imputable al peso del franquismo interior. Creo, más bien, que su origen está en la actual cúspide del Vaticano alentando y propiciando en ellos sus viejos tics de Cruzada. ¿Por qué?

Por la involución restauracionista que se dio con la muerte “misteriosa” del Papa Juan Pablo I -duró 33 días- después de tomar decisiones-clave postconciliares. Ello supuso el paso del poder, en la cúspide de la Iglesia, al “bando perdedor” del Concilio Vaticano II. La causa, pues, sería la alcanzada ascensión de Wojtyla al papado; y éste, el epicentro de tal movimiento restauracionista y del brusco cambio en el rumbo de la Iglesia: abandono de las tesis de Libertad de conciencia -base del Concilio Vaticano II- y regresión anacrónica hacia la vieja Ortodoxia o, aquí, también a la vieja Cruzada.

Después de él -con la ascensión al papado por el actual Ratzinger-, todo sería coser y cantar. En mi último libro, ¿Por qué matar a Juan Pablo I? (2008), se habla de todo ello: respecto al pontificado de Wojtyla, sus largos paseos televisivos por Latino-América al servicio de intereses políticos y otras andanzas, Cfr. ps 350-356 y 376-385, notas incluídas. Y ampliaba, así, el detalle sobre el Papa actual (ver p 376, nota 22): “Respecto a su sucesor Ratzinger –brazo derecho de Wojtyla durante 25 años en el Santo Oficio de Presidente-, véase Juan Arias (El País, 27-XII-05, tras la elección) en ‘Cómo mover los hilos para llegar a Papa’, donde daba la noticia-bomba de un cardenal brasileño revelando las intrigas hacia el poder tejidas por el Decano del Colegio Cardenalicio, Ratzinger, antes del cónclave y dentro del cónclave, durante comidas y cenas (detalles, bien explicados en el artículo) para que fuera elegido papa, incluyendo en dichas intrigas el papel del Opus Dei: movilización en Latinoamérica de cardenales López Trujillo (Colombia) y Arturo Soria (Chile), ambos del Opus; y, actuando como jefe de campaña europea, Shoenborn, ‘a quien Ratzinger, desde el Santo Oficio, había colocado en Viena para frenar movimientos progresistas de la diócesis’. Lo más relevante, de todas formas, no es que la revelación del cardenal estuviera o no ‘sujeta a graves penas canónicas’ capaces de infundir gran miedo (parece que al sincerote brasileño –un respiro de aire fresco- poco le importaban), sino si lo que él dijo es o no es verdad. Y ésta es la duda que al dócil rebaño –si no fuera olvidadizo- quedaría ya por siempre. O, al menos, debería quedarle si un tema tan importante no se hubiera silenciado ya desde entonces en la prensa diaria. ‘Claro que esta duda –escribía yo, poco después, en una Carta al Director de El País (no publicada)- se disiparía en el acto si el Servidor de los servidores de Dios, Benedicto XVI, liberara del secreto canónico al resto de los obedientes cardenales para poder explicar claramente al mundo su experiencia allí dentro: se supone que éstos le obedecerían ahora, como ya obedecieron, antes del cónclave (sin deber entonces obediencia jerárquica a un simple colega), a Somalo (Opus) cuando les mandó, en connivencia con el Decano, no tener contactos propios con prensa o T.V (parece que bastaban los de Ratzinger oficiando)’”.

El restauracionismo que se ha operado en la Iglesia Jerárquica a raíz de la “misteriosa” muerte de Juan Pablo I y de la toma del poder por el bando perdedor en el Concilio Vaticano II, es evidente.

También lo es el silenciamiento mediático respecto a que se trate seriamente este tema -a pesar del malestar existente en las bases progresistas católicas-. Tal censura fáctica ha sido ya bastante superada respecto a hechos del pasado franquista (Memoria Histórica) -el poder de los franquistas es obviamente cosa del pasado-. Pero no parece ocurrir lo mismo en lo que atañe al poder presente de la Iglesia -precisemos, sin embargo, que la censura no puede imponerse por la fuerza a la conciencia íntima de uno, a no ser que éste haga dejación de ella-: ¿Por qué este velo mediático?

Puede que haya múltiples causas convergentes. Pero, ¿se ha pensado en la fuerza y el poder que tienen en los medios el Opus, los Legionarios de Cristo y otras organizaciones afines? ¿se ha pensado, también, en la fuerte reticencia de católicos y clérigos y en la final opción que ellos toman (defender a sus Jerarcas por encima de lo que les dicte su propia conciencia autónoma)? ¿y qué otra razón les puede inducir a esta opción, sino el miedo que se les ha inculcado en que no deben juzgar solitos?

Pero urge ya preguntarse: ¿se tiene que alabar, desde la ética, esta extrema fidelidad -que contradice al dictado de la propia conciencia- o se la debe rechazar? ¿tiene hoy algún sentido mantenernos todos, como una tropa fiel, en pie de Cruzada?

Jaume Barallat

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P.D. El texto del artículo fue entregado informáticamente el 27 de julio de 2009 para ser publicado en la revista Escrits, pero no pudo salir editado en el número inmediato posterior, sino en el del número 29, Julio de 2010. Durante este lapso de tiempo han ocurrido varios casos que daban gran actualidad al enunciado y contenido del texto. Dejando aparte el escándalo por la indebida ocultación ante la Justicia de los delitos de pederastia de algunos curas por parte de los Jerarcas eclesiásticos conocedores, citemos sólo otros dos hechos: primero, la manifestación montada en Madrid, 17 de octubre, anti-Ley Despenalizadora del aborto en determinados supuestos -su lema: “Cada vida importa” y con autocares cargados de personas desde todos los puntos de España-; y, segundo, la especie de Opa lanzada por el Vaticano con la que se crea una nueva estructura católica para acoger a cientos de miles de tradicionalistas que renieguen de la visión progresista de una Iglesia Anglicana al intentar ésta aprobar la ordenación de mujeres-Obispos (con lo que se contraría el Diálogo Ecuménico de mutuo respeto entre las Iglesias Cristianas tras el Vaticano II). De esta manera -y con el contrasentido del mantenimiento forzado de la Ley del celibato obligatorio para sus curas católicos-, comunidades enteras anglicanas pueden entrar, con sus pastores casados(!), por un privilegio especial vaticano. Es un paso más en el actual Papa cuando ya levantó la excomunión a los lefevristas opuestos al Concilio Vaticano II, cuya actitud de ellos quedaba, así, legitimada.

Publicat el 30 Enero 2010 per Padc | Arxivat a Arxiu, Colaboraciones