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La gran ocultación de delitos de pederastia y dónde hallar al ocultante

En un anterior artículo -”El papel de la Iglesia en la alargada sombra de la ‘Cruzada’”- comento, entre otras cosas, el restauracionismo de la Vieja Ortodoxia, que se ha impuesto de nuevo en la Iglesia por parte del que había sido el “bando perdedor” en el Concilio Vaticano II: este concilio había proclamado la “libertad de conciencia” en la Gaudium et Spes, que suponía un “cambio de paradigma” en la vieja institución del Catolicismo. Ahora bien, se dio una “misteriosa” muerte o “presunto asesinato” de un Papa, del cual la Curia impidió realizar la requerida autopsia. De hecho, éste es el tema de otro artículo mío que presenta el libro ¿Por qué matar a Juan Pablo I? -presuntamente una obra “de ficción”, pero vuelta invisible en librerías y medios-. Tras la misteriosa muerte, el nuevo Papa reinante resultó ser el polaco Wojtyla, Juan Pablo II, quien luego se pasearía en papa-móvil por Latino-América llevado por “una determinada política” con respecto a dictadores de América del Sur y buscando bien pronto la compañía de Ratzinger, como a su brazo derecho y a quien nombraría, ya en 1981, como Prefecto del exSanto Oficio. Ratzinger, pues, sería el encargado que fielmente cumplió con la nueva misión de condenar a los Teólogos de la Liberación latinoamericanos, a su vez conectados con las “iglesias populares”; y éstas, en choque con dictadores y altos Curiales.
Pero Ratzinger, como Prefecto de tal Congregación, tenía, además, otra función, la de conocedor “ex officio” de los casos de delitos sexuales del clero con una determinada tipificación -tema que aquí se trata-. Y es este mismo señor con también su segunda función -la de conocedor “ex officio” de los delitos de pederastia citados en el título de este artículo- quien, al cabo de 24 años de ser el más fiel servidor de Wojtyla, subió al papado en 2005 como Benedicto XVI. Y el mismo que vendrá dentro de pocos días a Barcelona a recibir un baño de multitudes. No sé si vendrá exactamente “como jefe del Estado Vaticano” -así originalmente reconocido el Papa por el fascista Mussolini: y la Iglesia como un llamado “poder temporal”-; ni tampoco sé si lo aceptará como tal la gran masa de creyentes o si lo aceptará incluso, “de facto”, la organización de teólogos alternativos que apuestan por una Iglesia plural, y no de poder -de todas formas, a la vista está el Tratado de 1979 (ya después de aprobada la Constitución Española)-. Podremos ver cómo reaccionan ante el espectáculo unos y otros. De entrada digamos, de todos modos, que Barcelona es una ciudad libre; que sus ciudadanos -creyentes o no en la inicial Buena Nueva del Jesús de Nazaret condenado a muerte por Sumos Sacedotes e Imperio Romano- no son, como los ciudadanos de la actual China, un rebaño “forzado” a tipificar como “criminal-obsceno” a su valiente disidente del premio Nóbel; pero sí que podría darse un rebaño de gente que, por adoctrinamiento, esté “dispuesta de buen grado” a abdicar de su capacidad crítica hasta el punto de no querer ver algunos hechos que sus ojos ven. ¿Cuáles? Veamos algunos.
Empiezo con una amplia reseña de un artículo objetivo y exhaustivo, “El Vaticano y la pedofilia”, de Paolo Flores d’Arcais aparecido en El País del 14 de abril de 2010. Tal amplia reseña nos será útil para encuadrar luego toda la caterva de datos:
“No podemos seguir ocultándonos detrás de un dedo. La cobertura que se les ha facilitado durante décadas a miles de curas pedófilos, en casos no denunciados ante las autoridades judiciales, pone directamente en causa la responsabilidad de Joseph Ratzinger y Karol Wojtyla[…] La responsabilidad moral queda en evidencia, en todo caso, por los propios documentos que L’Osservatore Romano (órgano de la Santa Sede) volvió a publicar hace unos días.
“Nos referimos a la responsabilidad de los dos pontífices en todos los delitos de pedofilia eclesiástica que no han sido denunciados ante los tribunales estatales. El punto crucial es, efectivamente, éste: el Sumo Pontífice y el Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe impusieron una obligación taxativa a todos los obispos, sacerdotes, personal auxiliar, etc., para que no llegara a las autoridades civiles nada de lo que tuviera que ver con casos de pedofilia eclesiástica.
“La confesión tiene su origen en ellos mismos. L’Osservatore Romano ha vuelto a publicar el Motu proprio de Juan Pablo II, que reservaba al ‘Tribunal Apostólico de la Congregación… los delitos contra la moral’, es decir, ‘los delitos contra el sexto mandamiento del Decálogo cometidos por clérigos con menores de edad inferior a los 18 años’, y la ‘Instrucción’ ejecutiva de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con estas inderogables disposiciones: ‘Cada vez que el ordinario o el superior tuvieran noticia con cierta verosimilitud de un delito reservado, tras haber realizado una indagación preliminar, la señalarán a la Congregación para la Doctrina de la Fe’.
“Todas las notitiae criminis, en definitiva, debían afluir a los vértices. Papa y Prefecto informados de todo (es más, siendo los únicos en saberlo todo) son, exclusivamente, quienes tienen la primera y última palabra acerca de los procedimientos que se han de seguir. La ‘pena’ máxima (casi nunca infligida) no va más allá de la reducción al estado laico del sacerdote. Por lo general, el castigo se limita a trasladar al sacerdote de una parroquia a otra. Donde, obviamente, reiterará su delito. ‘Pena’ exclusivamente canónica, en todo caso. No ha de efectuarse denuncia alguna ante las autoridades civiles: ‘Las causas de esta clase quedan sujetas al secreto pontificio’. ¿En qué consiste éste?
“Hallamos la explicación en un documento vaticano de marzo de 1974, una ‘Instrucción’ emanada por el entonces secretario de Estado, el cardenal Jean Villot […]: ‘En determinados asuntos de mayor importancia se requiere un particular secreto, que viene a ser llamado secreto pontificio y que ha de ser guardado con obligación grave… Quedan cubiertos por el secreto pontificio…’ Y se enumeran a continuación muchísimos casos, entre ellos la pedofilia eclesiástica. Más interesante aún resulta la minuciosa lista de personas que ‘tienen la obligación de guardar el secreto pontificio’: ‘Los cardenales, obispos, prelados superiores, oficiales mayores y menores, consultores, expertos y personal de rango inferior, los legados de la Santa Sede y sus subalternos’, etcétera.
“En definitiva, de forma exhaustiva, todo el mundo. La ‘suciedad’ debe quedar en los ‘sótanos del Vaticano’, inaccesible a la curiosidad excesivamente seglar de policías y jueces. La impunidad penal de los sacerdotes pedófilos queda garantizada. Es más para alcanzar tal objetivo se exige un juramento de una solemnidad sobrecogedora. Reza así la instrucción: ‘Aquellos que entren en posesión del secreto pontificio deberán prestar juramento con la siguiente fórmula: Yo… en presencia de…, tocando con mi propia mano los sacrosantos evangelios de Dios, prometo guardar fielmente el secreto pontificio… de manera que en modo alguno, bajo ningún pretexto, sea por un bien mayor, sea por motivo urgentísimo y gravísimo, me sea lícito violar el mencionado secreto… Que Dios me ayude y me ayuden estos santos evangelios suyos que toco con mi propia mano’. Fórmula solemne y terrible que nos exime de todo comentario.” [De todos modos, sí creo que sea pertinente puntualizar que aquí se da el adoctrinamiento sobre aquellas mentes que, por un inducido miedo a lo desconocido, deciden no ver para, así, defenderse de los peligros misteriosos de su propia percepción de la realidad]
“Todas las instrucciones mencionadas siguen aún en vigor. Frente a documentos oficiales ‘expresivos’ hasta tal extremo, provoca un notable desconcierto el que nadie exija explicaciones a las cúspides jerárquicas, el Papa y el Prefecto de la Congregación de la Fe, ante tanta evidente responsabilidad. […]
“¿Qué sentido tiene, por lo tanto, seguir hablando de ‘zafia propaganda contra el Papa y los católicos (L’Osservatore Romano), visto que son los propios documentos vaticanos los que desvelan la postura de acorazado rechazo frente a toda hipótesis de denuncia ante las autoridades judiciales seculares? […]
“El cardenal Sodano, decano del Sacro Colegio Cardenalicio [cabe notar en inciso que él era Secretario de Estado con Wojtyla, y que, entre otras decisiones, fue el que presionó a fondo para que Pinochet no fuera extraditado desde Londres a la Justicia española por orden de Garzón; también que, para más agravante, ni siquiera consultó previamente el parecer del Episcopado Chileno sobre tal decisión; conviene también esclarecer que había sido Nuncio en Chile y era, en su tiempo, gran amigo de Pinochet] adopta el papel de la víctima: ‘La comunidad cristiana se siente herida con toda razón cuando se pretende involucrarla en bloque con las vicisitudes tan graves como dolorosas de algunos sacerdotes, transformando culpas y responsabilidades individuales en culpas colectivas con arbitrariedad realmente incomprensible’. No, eminencia, nadie pretende involucrar en bloque a la comunidad cristiana, la cuestión atañe sólo a la jerarquía de la Iglesia católica. Intentar responsabilizar a todos los fieles es ‘jugar sucio’.
“Pero volvamos a la cuestión crucial […] Si el actual Pontífice ha entendido de verdad el alcance de la ‘suciedad’ y la necesidad de combatirla puede demostrarlo de un modo muy sencillo: derogando inmediatamente con un ‘Motu proprio’ las tristemente célebres ‘Instrucciones’ que apelan al ‘secreto pontificio’ y sustituyéndolas con la obligación de denunciar inmediatamente ante las autoridades judiciales cualquier caso. Y abriendo de par en par los archivos a todos los tribunales que lo soliciten…”
Hasta aquí, Flores d’Arcais. Pocos días antes, aparecía también en El País (11 de abril) un artículo de Yolanda Monge con el título “Un abogado contra el Papa” y en el subtítulo: “Un bufete norteamericano aspira a sentar en el banquillo a Benedicto XVI por su silencio cómplice con los pederastas”. Extraigo alguna cita:
“Relata Anderson en conversación telefónica: ‘De repente descubrí que existía una gran conspiración para encubrir los abusos. Todo el mundo había mentido diciendo que no sabía nada y todos sabían lo que sucedía. Y la senda de esas mentiras conducía directamente al Vaticano. Sufrí una tremenda conmoción por la gran farsa representada’
“En aquel momento, la Iglesia norteamericana intentó comprar el silencio de aquella familia con una gran suma de dinero. ‘Por el bien de otros niños -prosigue Anderson- no aceptamos e hicimos el caso, público’. Fue el principio de una catarata de denuncias de otros supervivientes [así les había tipificado ya Anderson a las víctimas] que encontraron en las primeras páginas de los periódicos o los programas de TV el empuje para denunciar. Tenían derecho a que se hiciera justicia […]
“Anderson y su socio, Mike Finnegan, han peleado y pelean en los tribunales de EE UU miles de casos. No saben cuánto dinero han ganado para las víctimas, pero en 2002 situaban esa cifra en más de $60 millones. El nombre de Anderson volvió a los medios de comunicación unos días antes de Semana Santa, cuando The New York Times publicó documentos que probaban que un cura de Wiscosin, el reverendo Lawrence Murphy (hoy fallecido) había abusado sexualmente de cerca de 200 niños sordos entre 1950 y 1974 y que el Vaticano no hizo nada para apartarle del sacerdocio. Estos documentos sitúan al Papa en el ojo del huracán, ya que Benedicto XVI era, en el momento en que se informó, director de la Congregación para la Doctrina de la Fe”.
Unos días antes, en El País de 26 de marzo, Miguel Mora sacaba ya un informe con el título “Ratzinger calló ante las denuncias contra el abusador de 200 niños”; y, en subtítulos o con letras grandes: “El Papa fue alertado por un obispo de EE UU cuando dirigía el Santo Oficio” “El Vaticano alega que no actuó porque el pederasta era anciano y enfermo”, “El sacerdote Murphy confesó los hechos, pero murió sin ser castigado”.
Como ya sabrá el lector, el número de denuncias por pederastia que han ido saliendo en todos los periódicos de la prensa esos últimos seis meses -aquí citamos algunos- es escalofriante. Naturalmente, se trata no sólo de delitos, sino también, en la mayor parte de los casos, de ocultación del delito, tal como ya hemos analizado desde el principio. Me limitaré ahora a dar una muestra de titulares y el lector podrá comprender, en una breve sinopsis, la magnitud del crimen. Luego, que cada uno saque sus propias conclusiones, pero que nunca alegue que no se atreve a mirar los hechos de frente.
Un artículo muy indicativo -y significativo de la tipología de los ocultantes- es el de Miguel Mora (El País, 18 de abril de 2010) en “Castrillón implica a Juan Pablo II en el encubrimiento de pederastas” y -en un subtítulo- “El cardenal, sobre la misiva de 2001 en la que felicitaba a un prelado por ocultar los abusos a 11 menores en Francia: ‘El Papa me autorizó la carta’”. Cito de él un pasaje:
“El cardenal colombiano Darío Castrillón, que en 2001 felicitó por carta al obispo francés Pierre Pican por no denunciar a la justicia a un sacerdote que finalmente fue condenado a 18 años de cárcel por pederastia, aprovechó una conferencia que impartió el viernes en Murcia para revelar que su reconocimiento contó con el visto bueno de Juan Pablo II. ‘Os felicito por no haber denunciado a un sacerdote a la administración civil. Lo has hecho bien y estoy encantado de tener un compañero en el episcopado que, a los ojos de la historia y de todos los obispos del mundo, habría preferido la cárcel antes que denunciar a su hijo sacerdote’, afirmaba la carta que Castrillón remitió a Pierre Pican, que fue condenado a tres meses de cárcel por encubridor[…]En realidad, la denuncia contra Bissey fue interpuesta ante el obispado por la madre de uno de los once niños abusados por el cura entre 1985 y 1996. Pican fue el primer obispo francés condenado por un tribunal penal desde la Revolución francesa.
“Castrillón estaba rodeado en su conferencia por un nutrido grupo de miembros de la Curia romana. Entre los asistentes, estaban el Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Franc Rodé … y el ex portavoz de Juan Pablo II, Joaquín Navarro Valls [del Opus Dei]… Según La Verdad, todos los asistentes, algunos con más energía que otros, aplaudieron al unísono las palabras del ex Prefecto de la Congregación para el Clero.”
[Haciendo un breve inciso, uno podría seriamente preguntarse ante tales representantes de sociedades sacralizadas-herméticas defendiendo a uno de los suyos frente al laico mundo exterior, que es visto como impuro, ¿qué tienen estos personajes en común con el presunto “fundador” de su Iglesia? ¿Cómo encajarían, desde su universo mental pontificante, expresiones de “su tal fundador”? : ¡Ay de quien escandalizare a uno de esos pequeñuelos! ¡Más le valiera ser atado con una piedra de molino al cuello y ser arrojado al fondo del mar! Quien estallaba con tales exclamaciones, solía andar con samaritanas y pecadores, con centuriones romanos que se le acercaban y a quienes decía claramente lo que pensaba, pero era también quien se atrevía a denunciar así a tales señorones: ¡Ay de vosotros, sepulcros blanqueados!]
“El prelado colombiano, de ideología ultratradicionalista y ex responsable de Ecclesia Dei, la comisión vaticana que impulsó el regreso de los obispos lefebvrianos excomulgados al seno de la Iglesia católica, terminó su inciso tras varios segundos de aplausos diciendo: ‘Me autorizó el Santo Padre para que enviara esa carta a todos los obispos del mundo y la pusimos en Internet’” [¡Vaya foto de familia!]
Para ser honesto, he de añadir que el articulista se extiende luego en diferenciar, entre, por un lado, la conducta de Castrillón -con su bendito discursito, seguido de la melosa felicitación de Cañizares y cofrades- y, por otro lado, la recentísima postura -más matizada o divergente- adoptada por Benedicto XVI. Pero, para ser igualmente honestos, es también irrenunciable la exigencia de Flores d’Arcais al concluir que el único remedio válido para lavar en la Iglesia su insultante encubrimiento sistemático de tales delitos -Ignacio Sotelo lo tipificaba como “la gran maquinaria del encubrimiento”- sólo hay una fórmula: promulgar un nuevo Motu proprio ordenando, precisamente, la obligación de denunciar a todos los culpables de tal delito ante la Justicia civil.
Pero esto, hasta ahora, no se ha hecho aún. ¿Debemos exigírselo al Papa cuando se pasee por Barcelona? Parece inexcusable.
Pero la aparente nueva situación traería otro problema: de ser verdad la tesis de Castrillón, el verdadero motor de la máquina de encubrimiento ya estaba en el Papa Juan Pablo II. Y el asunto es, así, aún más grave, porque él sería el máximo culpable.
¿Hay algún motivo añadido que pudiera avalar esta enorme acusación -la tal conducta en Wojtyla-?
El Correo de Bilbao de una de aquellas fechas (es borrosa) trae una editorial o artículo firmada por El Correo con este título: “El arzobispo de Viena acusa a Sodano de encubrir abusos”; y el subtítulo: “Christoph Schoenborn asegura que el ex Secretario de Estado del Vaticano bloqueó la investigación de los casos de pedofilia”. Dice:
“Roma… Angelo Sodano, ex Secretario de Estado del Vaticano, bloqueó la investigación sobre los abusos pedófilos cometidos por el cardenal Hermann Groer (fallecido en 2003), denunciado por su sucesor como arzobispo de Viena, el cardenal Christoph Schoenborn.
“El arzobispo de Viena mantiene que Sodano [el ex número dos del Vaticano durante el pontificado de Juan Pablo II] impidió hace quince años la creación de una comisión de investigación sobre los abusos sexuales pedófilos… Sodano también está en el punto de mira de los jesuitas. ‘Hay un cardenal cuya cabeza debería rodar: Angelo Sodano. Su dimisión sería el mejor modo de repudiar la sórdida forma en que el padre Marcial Maciel fue protegido durante tantos años en Roma’, escribe Austen Ivereigh, corresponsal en Roma de los jesuitas estadounidenses, América, al comentar la investigación del National Catholic Reporter que ha contado al mundo las relaciones económicas de Maciel con el ex Secretario de Estado vaticano.”
Sobre Maciel, fundador de Los Legionarios de Cristo, gran amigo de Juan Pablo II y de su número dos, Sodano, hay ahora inmensidad de información -que daría pie a otro estudio- desde que se reconoció oficialmente su verdadera figura. Nos limitaremos a presentar titulares o subtítulos destacados de prensa dispersa, un poco al azar:
El Correo de 9 de mayo de 2010: “Yo fui testigo de abusos a un seminarista”, “Los excesos de Maciel salpican a España. No sólo el fundador de los Legionarios de Cristo fue pederasta. El Vaticano investiga 20 casos, casi todos en Cantabria. Patricio Cerdá dejó la orden tras verlo con sus propios ojos”. Por Arturo Checa.
El País, de 7 de mayo del 2010. Título de Miguel Mora: “Las 900 esclavas de Maciel”. Subtítulo: “Los Legionarios crearon una orden de mujeres sin aval de Roma. Tenían que entregar su dinero y vivir aisladas”. Y, en el mismo día, en El Correo, María Tapia escribe en subtítulo: “Denuncian en México la explotación de un millar de mujeres de una congregación integrada en los Legionarios de Cristo”.
El País de 9 de mayo. Miguel Mora: “Los Legionarios se tambalean”, “Los 80.000 miembros de la orden esperan divididos la actuación del Vaticano”, “El Papa afronta la renovación tras destapar los ‘gravísimos delitos’ de Maciel”.
Y con Miguel Mora (El País, 11 de julio), en “El nuevo jefe de los Legionarios absolvió a Marcial Maciel de pederastia”, olvidemos ya al personaje con este extracto:
“… Velasio de Paolis, nombrado el jueves por el Papa nuevo superior general de los Legionarios de Cristo… Como jurista y experto en Derecho Canónico, De Paolis trabajaba en la Congregación para la Doctrina de la Fe cuando llegaron a Roma, a principios de los años ochenta, las segundas denuncias de sacerdotes que acusaban de pederastia a Maciel [pero desde 1981, el Prefecto y máximo responsable de la Congregación era Ratzinger]. Llamado a resolver, De Paolis firmó la absolución del sacerdote mexicano y, según afirma una fuente vaticana, lo hizo por indicación del secretario del Papa Wojtyla, Stanislaw Dzwiwisz. Aquella segunda absolución -la primera ocurrió en los cincuenta- sirvió a Maciel como aval oficial para seguir cometiendo delitos […] ‘Parece extraño que De Paolis absolviera a Maciel, ya que en los archivos vaticanos había pruebas abundantes que le inculpaban’ afirma el vaticanista Filippo di Giacomo. Ese entusiasmo absolutorio duró medio siglo y atravesó el reinado de cinco Papas. La primera condena de Maciel data de mayo de 2006, un año después de la llegada del cardenal alemán Joseph Ratzinger al poder.”
“La gran incógnita -decía unos días antes M. Mora- estriba en saber qué pasará con el vicario general, el sacerdote Luis Garza, mexicano de 53 años, jefe de la Legión en Italia y máximo ejecutivo de la caja fuerte del Regnum Christi, que paga nóminas a 22.000 personas y maneja un patrimonio estimado en 25.000 millones…”
Pero olvidemos el mundo de Maciel. Citemos otros casos con simples a titulares:
La Vanguardia, 11 de septiembre. Beatriz Navarro desde Bruselas: “Un informe saca a la luz 500 casos de abusos sexuales en la Iglesia belga”, “Ninguna diócesis, ningún internado ha estado libre de culpa en 50 años”.
Y es que previamente -según dice R.M. Rituerto en El País de 25 de junio (tres meses antes)- “La policía registra el obispado belga en busca de pruebas de abusos”, “Los agentes requisan el ordenador del cardenal Danneels y la documentación recabada por la comisión investigadora sobre 475 casos de pederastia”. Y, en el mismo País del día siguiente, se lee: “El Vaticano protesta ante Bélgica por la redada contra la pederastia”, “Los policías aislaron durante nueve horas a los obispos y abrieron tumbas arzobispales para buscar pruebas de abusos y de la complicidad de la Jerarquía”. Y, en La Vanguardia el mismo día, Val dice: “Bertone [actual Secretario de Estado del Vaticano] considera a la policía belga peor que la de los países comunistas”.
Tres meses después, El País (11 de setiembre), Missé: “La comisión de la verdad belga concluye que ‘casi cada escuela’ encubrió abusos”, “La investigación sobre agresiones sexuales del clero católico afirma que éstas fueron masivas y continuadas” [¡Cuánta hipocresía y delito! ¡Cuánto encubrimiento! ¿No es ya hora de parar? ¿y por qué Bertone se quejaba tanto de la previa y eficaz investigación?] “Se suicidaron 13 de las 500 víctimas de 320 sacerdotes”. Y, en mismo periódico y día, Isabel Ferrer titula: “El capellán me dijo que mi padre me haría lo mismo si lo contaba”, “Las víctimas del clero belga aún luchan por superar las secuelas de los abusos”, “Han pasado por depresiones, divorcios, han sufrido en su vida sexual”, “Dos ex obispos, bajo sospecha”.
Isabel Ferrer, El País de 20 de setiembre, titulares: “Las víctimas llegarán hasta el final para destapar los abusos del clero”, “El abogado de una treintena de agredidos en Bélgica plantea demandar al Vaticano”, “Un hombre dice que su acosador trabaja ahora con discapacitados”.
Dejemos Bélgica -después de haber citado ya también a EE UU y a Castrillón (respecto a Francia)- y hagamos un brevísimo recuento de otros países. Válganos el resumen de El País (29 de junio de 2010), en un extracto de “Goteo o marejada”:
“España. Hay ocho curas condenados y 14 denunciados. Irlanda. Un informe de mayo de 2009 detalla décadas de abusos a menores en centros de la Iglesia. Holanda. Los salesianos están siendo investigados por abusos en un internado. Alemania. Los obispos alemanes admiten que ocultaron casos de pederastia. México. El fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, fue pederasta y polígamo y contó con la protección de Wojtyla. Austria. El cardenal de Viena, Hermann Groer cesó en 1995. Canadá. El obispo O’Connor fue condenado en 1996 por agredir a dos chicas.”
Respecto a Alemania, cabe añadir -ver País de 17 de setiembre- que “Los jesuitas alemanes indemnizarán a las víctimas de sus abusos”, “La orden se propone entregar cantidades ‘de cuatro cifras’ a todos por igual”. Pero, también -afirmaba El Correo- “las sospechas de pederastia sobre el obispo alemán Walter Mixa sacudieron ayer la Baviera natal del Papa Ratzinger, quien aceptó la renuncia del prelado de Augsburgo. Representante del ala más conservadora de la Iglesia, Mixa había admitido los malos tratos a menores en un orfanato bávaro”. Y, en La Vanguardia de 27 de marzo, E. Val titulaba: “El viejo caso del cura pederasta alemán se agrava para el Papa”, “’The New York Times’ revela que Ratzinger sabía mucho más de lo que admite”

¿Qué decir de todo ello? ¿Hacia dónde va esta Iglesia?
El Vaticano sigue mirando hacia otra parte y tirando balones fuera. Veámoslo:
La Vanguardia (16 de julio de 2010), Eusebio Val: “Condena al sacerdocio femenino”, “El Vaticano incluye la ordenación de la mujer entre los delitos más graves” “Equiparación de delitos: La Iglesia ve tan grave una mujer cura como la pederastia, la herejía o el cisma”, “Rigidez del Papa: La misma firmeza contra el sacerdocio femenino la tiene en la defensa del celibato”.
Frente a este meteorito de la Iglesia yendo a ninguna parte en dirección ignota, en El País de 22 de setiembre, R. M. Rituerto presenta, en “Obispos contra celibato”, a dos obispos belgas apuntando a “acabar con la obligatoriedad del celibato; podría evitar aberraciones sexuales como las denunciadas por centenares de fieles en el seno de la Iglesia católica de ese país. [Pero ya acabamos de oir lo de la rigidez del Papa; en contraste, por cierto, con la enseñanza del Nuevo Testamento -ver San Pablo: “Más vale casarse que quemarse”-; pero parece que, de la primitiva comunidad cristiana, esta gran organización vaticana ya no tiene nada]. Así lo cree Jozef De Kesel, el obispo de Brujas sucesor del dimisionario, por abusos sexuales, Vangheluve. Su colega de Lieja, Jousten, secunda la idea… El portavoz de la Conferencia Episcopal belga no descarta tal debate, aunque en el seno de la Iglesia Universal. En Bélgica, las urgencias son ahora otras: ‘Hay que saber lo que debemos hacer con las víctimas de abusos sexuales en la Iglesia. Sólo después podremos emprender el debate sugerido por el obispo de Brujas, que es un debate sobre las estructuras mismas de la Iglesia’”, [un debate que los curas han pedido en vano en muchas ocasiones y colectivamente -a través de sus obispos en sus ‘visitas ad limina’ cada cinco años a Juan Pablo II; y éste, echando a cajas destempladas al Excelentísimo mensajero-; pero hay que ver la semilla: Wojtyla, antes de llegar al Cónclave que lo eligiera Papa, pasó a postrarse ante la tumba de Escrivá de Balaguer]
Dejemos a Wojtyla y volvamos a Benedicto XVI. En su reciente discurso en el Westminster Hall del Parlamento británico “cuestiona las democracias fundadas sólo en el consenso social” y exige considerar “la dimensión moral” (País de 18 de setiembre).
Frente a todo el hablar abstracto de jerarcas, tres posicionamientos de cristianos:
-“Jon Sobrino -ver País de 13 de setiembre- denuncia que el poder eclesiástico ‘ha traicionado a Jesús’” y “El congreso de los teólogos ‘Juan XXIII’ tacha de ‘antievangélico’ el castigo al franciscano Arregi”.
-“Una ex monja -País de 4 de julio- que pasó 60 años en un convento de clausura denuncia a Rouco Varela ante el Papa [los dos, grandes amigos] por coaccionar a los teólogos disidentes”.
-“Una variante brutal del catolicismo” (El País, fecha borrosa), “Para la cantante Sinead O’Connor, las disculpas del Papa por los abusos sexuales a menores en Irlanda son huecas. No asume ninguna responsabilidad. ¿Qué hay de la complicidad del Vaticano en el ocultamiento de estos delitos?” -Preside ¡una gran foto del Papa, rota!
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Jaume Barallat Bares

Quien suscribe el artículo es el mismo autor del libro ¿Por qué matar a Juan Pablo I? Si alguien está interesado, puede adquirirlo por 10 euros.

Publicat el 10 Octubre 2010 per Padc | Arxivat a Arxiu, Colaboraciones