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BEATIFICANDO AL FABRICANTE DE SANTOS Y BEATOS

Beatifican a quien “había apoyado a sectas” (Legionarios de Cristo, Opus Dei ” ( Juan Pablo II ).

Estando justamente en su nivel más bajo y azotada por una crisis moral desconocida desde la época de los Borgia, la Iglesia del papa Ratzinger programa la beatificación expeditiva de su predecesor, Juan Pablo II. Anunciada el 14 de enero y prevista para mañana, el procedimiento puesto en marcha ha sido un desafío a la lenta majestuosidad con que esta institución reacciona ante los cambios y toma decisiones, por lo general a contracorriente con respecto a las necesidades de la época. Notificada en diciembre de 2009, cuando Benedicto XVI había dado el primer paso reconociendo las “virtudes heroicas” de su predecesor, esta beatificación seis años después de la muerte del interesado es un estreno absoluto en la historia del catolicismo. La decisión fue vista en su momento como un modo de minimizar el impacto de la beatificación de Pío XII, proceso abierto en octubre de 1967 y frenado por las controversias acerca de su actitud ante el Holocausto (aunque reanimado por Ratzinger desde los comienzos de su pontificado, en 2005). La beatificación de un papa tan popular como Juan Pablo II bien podía facilitar la de otro con un pasado tan sulfuroso.

Una beatificación exige un milagro, y ¡oh milagro!, un milagro fue convalidado, también a la carrera y pasando por alto más de una reticencia. Este milagro es la historia de la hermana Marie Simon-Pierre, nacida en 1961 en el norte de Francia, religiosa mística francesa, miembro de la Congregación de las Hermanitas de las Maternidades Católicas. Marie se habría curado del Parkinson, la misma enfermedad que padeció Juan Pablo II al final de su vida. Diagnosticada en 2001, la enfermedad le impidió progresivamente escribir y trabajar, y sin embargo siguió activa como enfermera en una maternidad. La hermana no duda: el papa Juan Pablo II, elegido cuando ella sólo contaba 17 años y a quien le había estrechado la mano en Roma en 1984, jugó un papel esencial en su curación.

Esta curación, “mediante la intercesión de Juan Pablo II”, había sido cuestionada por uno de los tres médicos especialistas de la de la propia Comisión Médica Internacional de la Santa Sede. Al cabo de un año y seis días de estudios e investigaciones, el 23 de marzo de 2010, los expertos, cuyos nombres no han sido difundidos por la Iglesia, llegaron no obstante a la conclusión de una “cura inexplicada por la ciencia”, condición sine qua non para una beatificación. Marie habría sido “curada” por la “intercesión” del papa polaco después de su muerte en abril de 2005. El retraso justificado en función de los estudios de los expertos científicos permitió, en todo caso, poner punto final a los rumores según los cuales la beatificación de Juan Pablo II se estaba retrasando a causa de su mala gestión de la crisis de los curas pedófilos. Además, habría sido una gran injusticia no beatificar a Juan Pablo II, quien durante su papado había canonizado a 482 personas y beatificado a 1.338.

Sin embargo, esta beatificación acelerada no satisface a todos por igual, ni en particular a todos los católicos. En diarios tan poco extremistas como Le Monde y La Croix, o en revistas católicas como Golias, las reservas salieron a flote. Allí se recuerda que Juan Pablo II se había rodeado de hombres tan discutibles como Maciel; que había apoyado a sectas como la de los Legionarios de Cristo o la del Opus Dei; que bajo su pontificado se frenaron Vaticano II y los progresos conciliares; que su Iglesia había combatido con ahínco la teología de la liberación; que cierto número de teólogos, como Hans Küng o Schillebeeckx, fueron apartados; que esta Iglesia se acercó a su ala de extrema derecha e impide a cierto número de sacerdotes abandonar el ministerio; que en África, su prohibición sin remisión del uso del preservativo ha condenado al sida a miles de jóvenes africanos.

Y es más. Buena parte de los católicos no comprende la necesidad ni la urgencia de la complicidad en cubrir con un blanco manto de silencio la pedofilia de los curas y obispos varios. Reclaman una condena real del doble rasero que manchó la Iglesia de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, dado que el cardinal Ratzinger, quien durante 20 años estuvo a la cabeza de la Congregación por la Doctrina de la Fe, debía supuestamente centralizar todos los casos de pedofilia desde principios de 2000.
Puede que, a causa de nuestra incapacidad de asimilar el mal, se diga siempre “pedofilia”, hablando de la Iglesia, abarcando con ese término científico y aséptico una realidad en primer término moral. La pedofilia de los curas ha matado a “personas” en formación, “almas”, término abundantemente usado- a condición de que se sepa qué cubre; ha desviado el sentido moral de niños a los que se les enseñó que los actos nada tienen que ver con las palabras, a quienes se les ha hecho sentir que no eran sino instrumentos al servicio de los deseos ajenos; se les ha enseñado a esconder los crímenes cometidos con ellos acerca de los que no podían hablar; se les ha hecho comprender que el sexo puede ser el ejercicio de un poder glacial, carente de todo sentimiento y causa de la degradación del prójimo; que los adultos pueden ser dobles y que es difícil distinguir al pastor del lobo. En todos los casos, se ha introducido un trauma grave en la relación normal de confianza con sus padres. Y más
preocupante por parte de los mensajeros de la fe: se les ha mostrado que el dios al que se les pide que adoren permite a sus ministros cometer tales agresiones en su nombre. El más obtuso de los ateos no puede ser insensible al malestar inducido en la relación del ser creyente con lo trascendente.

¿Será verdad, entonces, que desde los principios del cristianismo toda beatificación funciona no para la edificación de las masas sino para la sumisión a una autoridad no divina, sino terrena?

Nicole Thibon.

( Público 30 Marzo de 2011 )

Publicat el 30 Abril 2011 per Padc | Arxivat a Ateus