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CRISTIANISMO Y CASTIGO

La religión cristiana, en su historia, ha servido como justificante de la opresión que ejercían los hombres libres sobre la servidumbre; aquellos, favorecidos por unos pilares moralistas y manipuladores, lograron hacer del sufrimiento un mecanismo ideal para esclavos que les prohibía cuestionar a sus jefes implantados por orden divina.
Ya en el mito del génesis se habla del trabajo como un castigo de Dios, que en su más grata benevolencia aplicó sobre Adán y Eva por burlar su ley represora y pretender, además del placer sexual, derivar su práctica en la creación de nueva vida, disputando el papel creador al propio Dios.
Y la figura autoritaria y déspota del Padre único no podía permitir la rebelión y la pasión amatoria de sus creaturas, así que tomo las medidas propias de un ser bondadoso y los desterró y condenó a ganarse el alimento con trabajo, castigando a los hijos inocentes que vendrían a la misma condena.
Esta idea del sufrimiento y purga del alma fue expandida posteriormente en la época de decadencia de Roma, en la que la clase dominante no trabajaba ni generaba ningún valor; ya que el trabajo implicaba la entrega de la voluntad a un ajeno y conllevaba una posición degradante de la persona, más la humillante tortura del cuerpo en la realización de trabajos dolorosos.
Los hombres libres se dedicaban a las actividades filosóficas y políticas, además de las militares de las que se servían para sojuzgar a la mayoría de la población esclava y sumisa, condenada al trabajo.
Un sector de la población oprimida y la única trabajadora sería la apropiada para caer en las redes y mentiras de una religión prometedora de la felicidad eterna; mientras la clase autoritaria, muy hábil, se valió de la moralidad cristiana para justificar su dictadura sobre sus siervos por orden divina.
Al igual que en los inicios del mundo, donde Dios imponía su ley castrante y sufriente sobre Adán y Eva y su descendencia, los dirigentes romanos, ya cristianos y bendecidos por el Creador ejercían los mismos principios que su Señor y condenaban a sus esclavos al trabajo y la obediencia, como también la herencia de una vida miserable de su prole.
Más adelante, derrotado el imperio romano y en auge la barbarie medieval, el cristianismo, una vez más, se alía con el poder de la época e inventa a quien será la principal falsificadora de su religión, la iglesia, cuya función además de defender la clase feudal y su acumulación de tierras, vendía el perdón a la mayoría campesina.
El comercio con el pecado, no sólo suponía una ganancia a la ya millonaria iglesia, a su vez garantizaba la sumisión de los trabajadores, más afanosos en salvaguardar una estancia en el paraíso que desafiar a los gobernantes.
Y como arma protectora de esta sumisión, fueron inventados los pecados capitales, todos ellos, avales de una vida sin aspiraciones ni placer, con el único objetivo de generar valor sin réplica ni descanso.
Entre sus artificios, prosquibieron con mayor rigor el deseo pasional, castigado en consecuencia con severidad por el Todopoderoso; pues la sexualidad, como la máxima representante del placer y siempre vinculada al poder ha sido reservada en exclusividad a los líderes que disponían de ella como parte de sus privilegios y autoridad.
No podían permitir al jornalero disponer de ella de forma sana para emprender su propia búsqueda del placer, ya que podría derivar en la pretensión de nuevos placeres y con ello la rebelión al poder dirigente.
Pasados unos siglos y en pleno desarrollo de la industria, no tardó en alzarse por las tierras francas, un movimiento en su momento revolucionario que lucharía por el derecho del capitalista a agrandar su nombre a costa de los trabajadores.
La burguesía, satisfecha de su victoria ante un sistema feudal estancado en la acumulación de valor, pasó a tomar las riendas del florecimiento industrial y financiar posteriormente la producción en cadena.
Un sistema de trabajo estupidizante y repetitivo que traería consigo el origen de una nueva clase, la obrera, cuya labor ya no sería de carácter sufriente y torturadora del cuerpo. El esfuerzo físico pierde su naturaleza religiosa al perderse también muchos de los oficios que requerían del vigor del cuerpo.
Con la ayuda de la mecanización, la mujer pasó a ser una más en la producción y a ser explotada como cualquier otro obrero; eso sí, con un salario menor, pues en el entender del capitalista las mujeres producen menos, sin olvidar también que esta oferta laboral era sólo aplicable en los trabajos menos favorecidos y humildes, pues aquellos en los que el capitalista lapidaba su creatividad en la búsqueda de un negocio provechoso para su bolsillo eran reservados a los hombres.
Mientras tanto, el capitalista y su ganancia, respaldado por el libre mercado, despedía trabajadores al gusto según le era más favorable para su negocio, ya sea para contratar más adelante con salarios ridículos, como para recortar gastos.
Fue después de muchos haberes, cuando el trabajo como condena y resignación, herencia de una religión fustigadora, deja de ser aplicable dadas las nuevas consignas del sistema capitalista y su dictadura ganancial. Ahora el lema burgués y sus llamados países emergentes precisan de gentes emprendedoras, con iniciativa propia, juicio cuadrado y libertinaje sexual.
Ya no resulta coherente la obediencia incuestionable y la disposición a la amargura, en su día fue aprobada por una mayoría sentenciada al sufrimiento, sin ninguna alternativa más que la dicha en la otra vida, pero vista la propuesta capitalista de una vida ostentosa fruto del mérito propio y no de un mandato celestial, se advierte ésta última más atractiva.
Y aunque hasta hoy queden resquicios de una religión tortuosa en forma de fiestas ocasionales, donde parte del pueblo descarga en éxtasis por un mártir agonizante, la base de un trabajo doloroso y subordinado ya no es admitida en la sociedad actual, en la que la educación es fundamentada por el individualismo, el ocio y la realización de los pecados capitales.
a religión y su fatal destino, por ahora resiste en su alianza al sistema burgués, y no por sus caducadas propuestas, sino por el enorme negocio que atesora.
Ahora, y después de la inevitable quiebra de estos dos socios, alimentados de la explotación de la clase obrera y los países subordinados, revelan su dependencia de quienes serán sus ejecutores.
Aquellos que al igual que en el mito religioso, se alzarán contra quienes coartan la libertad y darán vida, por fin, al pecado original: la rebelión al poder.

Gabriela Palacios

Publicat el 6 Mayo 2011 per Padc | Arxivat a Ateus