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DOS ARTICULOS SOBRE LA POLITICA DE RATZINGER

Papa, obispos, JMJ y la Nueva Evangelización de España

Se les ven ya venir triunfalmente. Se adivinan llegando en el horizonte cercano las figuras del Sumo Sacerdote y Jefe de Estado Vaticano, así como las prolongaciones en las juventudes de la Nueva Evangelización de España, coreándole.
Aunque resido habitualmente en Barcelona, he pasado los últimos cinco días en Bilbao -asuntos familiares, una gozosa celebración-; y he podido contemplar, curioso, grandes grupos de jóvenes de ambos sexos liderados por sacerdotes y religiosos uniformados -en alguna ocasión, en clergyman- y también por monjas, éstas siempre con aire moderno y sonriente -si bien, en un segundo plano, veíase algún que otro fraile o monja esgrimiendo ostentosamente un rosario-.
Son grupos de figuras –las aparecidas estos días en Bilbao-, importadas de diversos puntos de Europa -sobre todo, franceses- o de España, con destino a Madrid, a la JMJ (Jornada Mundial de la Juventud). En Bilbao, un grupo de seminaristas o novicios franceses, liderados por un religioso con hábito talar se sentaron junto a mí y mi familia en la terraza de un bar. Pronto pasó la figura aprobatoria y sonriente de un sacerdote joven, su cuello salía espiando del alzacuello de una sotana vestida con la pulcritud y estilo típico de alguno del Opus.
Otro grupo, muy numeroso, era el formado por jóvenes chicas, guapas y sonrientes, lideradas por alguna monja dinámica y con desparpajo, lanzando flashes fotográficos a los bañistas. Un cuadro de un desconocido o exótico estilo monjil, de artificiosa alegría.

Finalmente, por la tarde, una legión de ruidosos jóvenes franceses del mismo grupo, cantando estentóreamente La Marsellesa, cual confiados ocupantes del país vecino.
Compro El Correo del 13 de agosto y leo que la Basílica de Begoña se prepara para acoger el lunes a 150.000 peregrinos, constituyentes del grupo de Bilbao hacia Madrid. Luego pongo por primera vez la tele -había estado ausente por vacaciones familiares los anteriores trece días en Euzkadi- y veo surgir las mismas apariciones por todas partes: Santiago de Compostela, Vitoria, Barcelona. Un total de 1.200.000 personas que conformarán la marcha sobre Madrid.
Yo, que resido en Barcelona y la conozco -y no, por ejemplo, cómo es Avila-, comprendo que éste es fundamentalmente un exótico fenómeno de importación: en Barcelona las iglesias -y también los seminarios- suelen estar vacíos. Y aquí mismo, ayer, saliendo de Bilbao en dirección a Bakio, pude ver, en toda su colosal dimensión, el enorme edificio-seminario de antaño: ahora un hotel y escuela -pero ya no seminario-.
Poco he de añadir a imágenes televisivas que todos ya han visto. Pero una sí me impactó: la de un seminarista, joven e inocente, que afirmaba con toda su vehemencia que era feliz por dedicar toda su vida a la Virgen María; y añadiendo que lo hacía con todo el gusto del mundo.
El chico, sin duda, era sincero en sus sentimientos actuales y, por ello, creo que ha de ser respetado -igual que todos aquellos que sienten orgullo por ser como se sienten ellos mismos; y se les debe respetar-. Otra cosa bien distinta es autoconvencerse -a juzgar por la marcha de los tiempos y de la sociedad- de que nunca ya tal chico se sentirá desengañado o que ya no podrá llegar jamás a la convicción de haberse sentido manipulado.
Ahora al terminar estas líneas (18 de agosto), de vuelta ya a mi casa en Barcelona, veo por televisión que en las calles de Madrid hay manifestaciones de otros que, indignados, se enfrentan a gritos -y son disueltos por la policía- contra el Acto de Afirmación Católica protagonizado por Papa, obispos y JMJ. Y cabe resaltar que no se trata de miembros de alguna secta extraña, sino de gente de la calle, representando a las tendencias aparentemente más distintas: ateos, agnósticos, creyentes críticos -y hasta teólogos cristianos-, homosexuales y heterosexuales, hombres y mujeres; todos, respetuosos del modo de pensar de los otros, en una aceptación saludable del carácter plural de la sociedad y aglutinados por la defensa de la laicidad del Estado y de su aconfesionalidad religiosa: ¡y dispersados por la policía del Estado! ¿Qué está pasando? ¿Cuál es el objetivo en esto de Papa y obispos? ¿Quieren forzar la fe y que se retorne en las leyes a la confesionalidad del Estado?
Por parte de ellos, se trata de una situación ambigua y paradójica. Primer término de la paradoja: que sea recibido el Papa en nuestro país desde la plataforma de Jefe de Estado del Vaticano. Tengamos presente que el Pontífice sólo pudo esgrimir el título de Jefe de Estado del Vaticano al reconocerle como tal el fascista Mussolini y firmarse los pactos de la Iglesia Católica con Italia en 1929 -de tan sustanciosos dividendos para el Poder Eclesiástico y de tanta cantidad de votos católicos para el fascista Mussolini-. Segundo término de la paradoja: la ambigüedad calculada de Pastor del grupo de los católicos. Y con tal excusa, desde la plataforma jurídicamente privilegiada de un real Jefe de Estado, puede permitirse el lujo de actuar inmune -aún cuando lo hiciera cual un profeta iluminado y sectario- descalificando leyes del Estado Aconfesional invitante: por ejemplo, despotricando o llamando a la desobediencia civil contra la Ley de las uniones de homosexuales o contra la Ley despenalizadora de meter en la cárcel a toda mujer no-creyente -o también creyente- por haber cometido el pecado -que no delito- de practicar el aborto dentro de unos supuestos tipificados por la Ley. Y los obispos españoles -como en el caso de cuando eran voceros de la Cruzada de un Generalísimo- coreando al Jefe del extranjero Estado Vaticano.
Y uno y otros -más los inocentes de la JMJ- esgrimiendo, como un estandarte, la patente-de-Dios (dentro de un concepto muy encajonado, ideológico y político-absolutista muy alejado del sentido de la Trascendencia en la que creen -es un hecho- millones y millones de seres humanos esparcidos por el mundo). Ya tenía razón el Teólogo Tamayo cuando, en alguna parte, leí en él afirmar que el Poder Temporal del Papa es un obstáculo para que el hombre de hoy acepte la idea de Dios: no les cabe a mucha gente en su cabeza toda esta parafernalia. Y, por ello, se rebelan ante tal idea de Dios de una Iglesia-Poder que la esgrime como su patente. Ya lo hicieron otrora, al inicio de la Modernidad, los hombres que se rebelaron, en la toma de la Bastilla, contra las Monarquías Absolutistas (Dei gratia) y contra el poder de los Papas -léase el libro L’Homme révolté de Camus-.

¿Qué está, pues, ahora pasando? -nos preguntábamos antes-. Una gran involución respecto a los avances que se había hecho en el Concilio Vaticano II para una anquilosada Iglesia. Veamos:

Voy a dar pues -y con ello finalizo-, primero, una breve muestra de algunos momentos estelares del Concilio; y, segundo, algún otro dato sobre la involución-marcha atrás que se hace:
•Primero: La llamada crisis de noviembre hacia el fin del Concilio Vaticano II. Es el 19 de noviembre -el jueves negro-. El representante de la curia (era el bando perdedor) declaró por sorpresa que quedaba aplazada la votación prevista para el esquema Libertad Religiosa -es decir, hasta el año siguiente-. No valió la indignación episcopal del Aula -se trataba del tema estrella, que implicaba el cambio de paradigma en la Iglesia- donde allí mismo y en un momento se recogieron 1000 firmas -casi la mitad de los presentes- para exigir la votación ya. Todo fue en vano. La razón de fondo era que un 10% de los conciliares querían más tiempo para pensárselo. Bastantes -aparte los señores curiales- eran españoles: ocupaban grandes cargos políticos en España, elegidos por Franco. [Valga aclarar que el número de obispos españoles detentando entonces cargos políticos es mayor que el del resto de todos los obispos europeos en situación similar; que el mismo año 1964 se ha lanzado al público la carta colectiva de 400 clérigos impeliendo al Episcopado Catalán a descabalgar del carro del dictador triunfal; que, contra toda razón, estos obispos persisten y, con el apoyo de los curiales, consiguen paralizar la votación del Decreto Libertad Religiosa hasta un año después e incluirle la siguiente modificación: “que a un Estado Católico se le permita conceder a la Iglesia Católica una situación jurídica privilegiada”. (Cfr. mi capítulo “El Concili Vaticà II: obertura religiosa i nova involució” en El franquisme a Catalunya -Vol. III, 2006- de AA.VV)]
•Segundo punto, la involución respecto al Concilio. ¿Qué fue lo que pasó? No creo que pueda ser ya imputable al peso del franquismo interior. Puede que, más bien, el actual fenómeno sea también explicable desde la anterior y actual cúspide del Vaticano alentando ahora en los obispos las posturas involucionistas e integristas y sus viejos tics de Cruzada. ¿Por qué?
Por la involución restauracionista que se dio con la muerte “misteriosa” del Papa Juan Pablo I -duró 33 días- después de tomar decisiones-clave postconciliares. Ello supuso el paso del poder, en la cúspide de la Iglesia, al “bando perdedor” del Concilio Vaticano II. La causa, pues, sería la alcanzada ascensión de Wojtyla al papado; y éste, el epicentro de tal movimiento restauracionista y del brusco cambio en el rumbo de la Iglesia: abandono de las tesis de Libertad de conciencia -base del Concilio Vaticano II- y regresión anacrónica hacia la vieja Ortodoxia o, aquí, también a la vieja Cruzada.
Después de él -con la ascensión al papado por el actual Ratzinger-, todo sería coser y cantar. En mi último libro, ¿Por qué matar a Juan Pablo I? (2008), se habla de todo ello: respecto al pontificado de Wojtyla, sus largos paseos televisivos por Latino-América al servicio de intereses políticos y otras andanzas, Cfr. ps 350-356 y 376-385, notas incluídas. Y ampliaba, así, el detalle sobre el Papa actual (ver p 376, nota 22): “Respecto a su sucesor Ratzinger –brazo derecho de Wojtyla durante 25 años en el Santo Oficio de Presidente-, véase Juan Arias (El País, 27-XII-05, tras la elección) en ‘Cómo mover los hilos para llegar a Papa’, donde daba la noticia-bomba de un cardenal brasileño revelando las intrigas hacia el poder tejidas por el Decano del Colegio Cardenalicio, Ratzinger, antes del cónclave y dentro del cónclave, durante comidas y cenas (detalles, bien explicados en el artículo) para que fuera elegido papa, incluyendo en dichas intrigas el papel del Opus Dei: movilización en Latinoamérica de cardenales López Trujillo (Colombia) y Arturo Soria (Chile), ambos del Opus; y, actuando como jefe de campaña europea, Shoenborn, ‘a quien Ratzinger, desde el Santo Oficio, había colocado en Viena para frenar movimientos progresistas de la diócesis’. Lo más relevante, de todas formas, no es que la revelación del cardenal estuviera o no ‘sujeta a graves penas canónicas’ capaces de infundir gran miedo (parece que al sincerote brasileño –un respiro de aire fresco- poco le importaban), sino si lo que él dijo es o no es verdad. Y ésta es la duda que al dócil rebaño –si no fuera olvidadizo- quedaría ya por siempre. O, al menos, debería quedarle si un tema tan importante no se hubiera silenciado ya desde entonces en la prensa diaria. ‘Claro que esta duda –escribía yo, poco después, en una Carta al Director de El País (no publicada)- se disiparía en el acto si el Servidor de los servidores de Dios, Benedicto XVI, liberara del secreto canónico al resto de los obedientes cardenales para poder explicar claramente al mundo su experiencia allí dentro: se supone que éstos le obedecerían ahora, como ya obedecieron, antes del cónclave (sin deber entonces obediencia jerárquica a un simple colega), a Somalo (Opus) cuando les mandó, en connivencia con el Decano, no tener contactos propios con prensa o T.V (parece que bastaban los de Ratzinger oficiando)’”.
El restauracionismo que se ha operado en la Iglesia Jerárquica a raíz de la “misteriosa” muerte de Juan Pablo I y de la toma del poder por el bando perdedor en el Concilio Vaticano II, es evidente. Y también lo es el silenciamiento mediático respecto a que se trate seriamente este tema -a pesar del malestar existente en las bases progresistas católicas-. Tal censura fáctica ha sido ya bastante superada respecto a hechos del pasado franquista (Memoria Histórica) -el poder de los franquistas es obviamente cosa del pasado-. Pero no parece ocurrir lo mismo en lo que atañe al poder presente de la Iglesia -precisemos, sin embargo, que la censura no puede imponerse por la fuerza a la conciencia íntima de uno, a no ser que éste haga dejación de ella-: ¿Por qué este velo mediático?
Puede que haya múltiples causas convergentes. Pero, ¿se ha pensado en la fuerza y el poder que tienen en los medios el Opus, los Legionarios de Cristo, los Kikos y otras organizaciones afines? ¿se ha pensado, también, en la fuerte reticencia de católicos y clérigos y en la final opción que ellos toman (defender a sus Jerarcas por encima de lo que les dicte su propia conciencia autónoma)? ¿y qué otra razón les puede inducir a esta opción, sino el miedo que se les ha inculcado en que no deben juzgar solitos?
Pero urge ya preguntarse: ¿se tiene que alabar, desde la ética, esta extrema fidelidad -que contradice al dictado de la propia conciencia- o se la debe rechazar? ¿tiene hoy algún sentido mantenernos todos, como una tropa fiel, en pie de Cruzada?

Jaume Barallat

Nueva visita del Papa: ahora la cruzada es en Viena

La Jornada Mundial de la Juventud fue un gran esfuerzo de “importación” de jóvenes de todo el mundo con el fin de aclamar al Papa en la capital de España. Pero han aparecido recientemente en la prensa nuevos datos que son confirmatorios de la puesta en marcha de una efectiva gran Cruzada convocada por el presente pontífice.
El efecto publicitario de la “JMJ” era ya claro; una gran masa de jóvenes coreando al Papa y “a su modelo de interpretar-(tergiversar)” el mensaje de Jesús: una Iglesia de Poder Terrenal, tendiente a afirmar y consolidar su poder personalista de Monarca Absoluto y con derecho a descalificar leyes de un Estado Aconfesional y Laico. Se colocaron -por citar un ejemplo- multitud de confesionarios en la plaza pública con poderes mágicos para perdonar a las arrepentidas de cometer aborto -y que ya todos sabían que éstas nunca irían a confesarse ahí-, pero su ausencia era lo de menos. ¿Por qué, pues, tal llamada pública y vana a las penitentes? Se trataba sólo de escenificar la condena de la Ley civil del Estado despenalizadora de meter en la cárcel a cualquier mujer -infiel o creyente- por un aborto dentro de determinados supuestos que especifica tal Ley.
Se tronaba, asimismo, contra otras leyes; incluso contra todo intento de alguna inminente Ley que protegiera, en algún modo, al ciudadano del “encarnizamiento terapéutico” -la llamada Ley de “Eutanasia” (“buena muerte”)-.
Se pretendía, finalmente, acallar a todas las voces contestatarias dentro de la misma comunidad cristiana -incluídos teólogos- que se opusieran a la gran involución desplegada en la Iglesia por este papa y el anterior -”se creen dioses, desean decidir qué es o no es verdad, lo que es bueno o malo, justo o injusto” (Ratzinger); ¿Y quién, sino la propia conciencia individual, tiene el derecho y el deber de tomar tal decisión?-.
En sustantcia: se ha tratado, pues, de un gran golpe de efecto que pretendía afirmar el Absolutismo y despotismo puestos ya en marcha en la Iglesia por este y el anterior Papa.
Lo novedoso -véase en Gloria Torrijos desde Viena, El País (2, IX, 11)- es que el Papa vuelve a insistir ahora con otra visita; esta vez a Austria -en una situación caótica muy clara ahora y que a continuación describimos-, y prevista para el 22-25 de este mismo mes de septiembre. Veamos el contexto que Gloria nos describe: “Cientos de sacerdotes austríacos han desafiado a la Iglesia católica en demanda de reformas reunidas en un manifiesto, publicado en Internet, que ha ido ganando en popularidad y que han denominado ‘Llamada a la desobediencia’. En él se pide entre otras medidas, ‘la ordenación de las mujeres y de las personas casadas’, el que hombres y mujeres laicos preparados, solteros o casados, puedan oficiar misa y dirigir iglesias carentes de párroco […], permitir que los protestantes puedan recibir la comunión. Impulsan el texto 329 religiosos y lo respalda un número de adhesiones equivalente a dos tercios de los 2000 sacerdotes austríacos […]
“Una encuesta publicada la semana pasada reveló que tres de cada cuatro de los 2,6 millones de creyentes de Austria, un país en que cada aula y sala de hospital público y privado cuenta con un crucifijo, apoya esta iniciativa […] El manifiesto recopila firmas desde junio y aparece antes de la visita del Papa a Austria, prevista del 22 al 25 de septiembre.
“El presidente de la Conferencia Episcopal Austríaca y arzobispo de Viena, el cardenal Christoph Schönborn, ha indicado que ‘no comparte la iniciativa y que no la defendería ante Roma’ [¿Cómo iba a compartirla si, según Juan Arias (véase en artículo adjunto sobre la JMJ), aquel señor había sido colocado por Ratzinger en Viena ‘para frenar movimientos progresistas de la diócesis’?]
“Schöborn (…) es miembro de la Congregación de la Doctrina de la Fe (sucesora de la antigua Inquisición), presidida por Ratzinger desde 1981 hasta que fue nombrado Papa en 2005 […]
“Si Schüller -‘éste, como vicario general de Viena, fue el número dos de Schönborn entre 1995 y 1999’- es castigado siendo apartado de sus funciones como sacerdote de la parroquia de Probstdorf y capellán universitario, el 97% de los encuestados cree que ‘una gran ola’ de creyentes hará acto de apostasía. Un total de 87.000 lo hicieron en 2010 como reacción a los escándalos de abusos sexuales.”[Hasta aquí, la corresponsal en Viena dando el contexto de la visita]
Valía la pena la extensa cita por ser una fuente informativa de primera mano, que muestra claramente el grado de malestar de las bases católicas. Sin esta conxtualización “in situ”, es imposible captar su sentido fiable: sólo percibiríamos el ruido de la publicidad en busca de venta.
Ahora bien, no es sólo Austria; es todo el mundo católico el que se rebela contra el absolutismo de unos Jerarcas que protegen y encubren a los corruptos y dóciles, pero que marginan a todos los críticos. Valga un simple par de ejemplos sacados del mismo periódico por aquellos días (27 de agosto); primero -sobre la católica Irlanda-, Patricia Tubella, escribiendo desde Londres -leo titulares-: “Los casos de pederastia vacían las arcas de la iglesia irlandesa”, “La Archidiócesis de Dublin admite que está al borde del ‘colapso financiero’”, “En plena crisis, ha dado grandes indemnizaciones a las víctimas y perdido fieles”, “El Ejecutivo le exige que salde las compensaciones con propiedades”; segundo ejemplo -sobre EE.UU-, la corresponsal Cristina F. Pereda, desde Washington: “Después de dos años de debate, presiones y 1.820 millones de euros en indemnizaciones a víctimas, el Arzobispado de Boston -junto al de Chicago, el más sacudido y afectado en lo económico por los escándalos de pederastia del clero de los EE.UU- ha decidido publicar una lista con las identidades de 159 curas acusados de abusos […] Hace unos meses, un estudio encargado por la Conferencia Episcopal estadounidense, con un coste de 1,2 millones de euros, culpaba de los abusos a la llamada revolución sexual de los sesenta y setenta. En 2004, un estudio de John Jay College estimó en 6.700 lasdenuncias por abusos sexuales, de las que 4.392 estaban dirigidas contra curas.”
Concluyamos. Para poder evaluar fría e imparcialmente el grado de involución consumada desde el Concilio Vaticano II hasta el pontífice presente, basta constatar el abismo entre dos posiciones mentales: una, la reflejada por Ratzinger en una anterior cita -”se creen dioses…”-; y otra, la reflejada en un discurso de Juan XXIII, poco antes de morir, ante los obispos de todo el mundo (23 de mayo de 1963. Concilio Vaticano II): “Hay que admitir que la libertad religiosa debe su origen no a las iglesias, no a los teólogos, y ni siquiera al derecho natural cristiano, sino al Estado moderno, a los juristas y al derecho racional mundano, en una palabra, al mundo laico”.
Con tales expresiones, la libertad de conciencia -el cambio de paradigma impuesto frente a la Vieja Ortodoxia- dejaba ya de ser el “pestilente error” que Gregorio XVI incriminaba a los defensores de la Modernidad. ¿Cómo juzgar y tipificar, pues, la incriminación de Ratzinger del “Se creen dioses…”? Que sea el propio lector quien lo dicte con su propia razón.

Jaume Barallat

Publicat el 6 Septiembre 2011 per Padc | Arxivat a Arxiu, Ateus, Colaboraciones