ATEUS DE CATALUNYA

Cómo crear el mundo

Peter W. Atkins

Editorial Crítica (Grijalbo Mondadori S.A.)

 

La publicación por Peter W. Atkins, profesor de química física en la Universidad de Oxford, de la primera versión de esta obra a principios de los 80 con el título de The Creation, traducida entonces al español por Editorial Labor como La Creación, suscitó fuertes controversias, ya que proponía por vez primera una explicación científica integral de la naturaleza y el orígen del universo que además resultaba extraordinariamente sencilla, amena, rigurosa y, por si todo ello aun no fuese suficiente… elegante. La polémica posiblemente impulsó al autor, ya durante los años 90, a revisar el texto original hasta su formulación actual.

El libro está construido con una estructura un tanto peculiar, la narración discurre por las páginas impares mientras que las pares se reservan para citas y comentarios aclaratorios, y al final incluye un capítulo con las poco más de un centenar de referencias bibliográficas utilizadas. Se trata de una obra cuya lectura no puede dejar indiferente. Parte de una premisa única, la confianza en el poder de la mente humana para comprender la realidad y, sin obviar las múltiples dificultades que halla en su búsqueda de respuestas, llega a la conclusión de que todo es explicable, incluso el orígen del universo y de esa peculiar propiedad de una pequeña porción del universo capaz de pensarse a sí misma que es la conciencia.

 

“Parto del principio de que no hay nada que no sea comprensible, y que la comprensión consiste en levantar el velo de las apariencias para llegar al corazón de las cosas, que es siempre de una extraordinaria sencillez.”

 

“Quiero demostrar que es posible pensar racionalmente lo que muchos juzgan inexplicable, como los procesos de la creación del universo y de la aparición de la conciencia.”

Para ello seguirá un procedimiento analítico meticuloso, incuestionable, pero a la vez ameno y subyugante. En ocasiones efectúa giros sorprendentes, pero siempre honestos con el lector. Advierte de forma precisa allí donde realiza saltos especulativos y, si bien no pretende responder a todas las posibles contingencias, muestra que hay fundamentos razonables para proponer un modelo inteligible extremadamente sencillo del universo, para el cual no es necesario contar con ningún creador.

 

“Debemos embarcarnos en el camino del cero absoluto de participación creativa en la creación, el cero absoluto de intervención.”

 

“A mi modo de ver, la única manera de explicar la creación es demostrar que el creador no tuvo absolutamente nada que hacer, y que, por ende, lo mismo hubiera dado que no existiera.”

Para comprender el universo no será preciso explicar “todos” los fenómenos. Bastará con hacer inteligible la estructura profunda de la materia y las fuerzas que determinan las relaciones entre las partículas a distintos niveles: cuerpos complejos, moléculas, átomos… y finalmente quarks, elementos simples sin extensión que acaso sean el constituyente básico del universo del que se “alimentan” todos los seres.

 

“Gran parte del universo no necesita explicación alguna. Los elefantes, por ejemplo. Una vez las moléculas han aprendido a competir y a crear otras moléculas según su propia imagen, los elefantes, y las cosas que parecen elefantes, se encontrarán a su debido tiempo vagando por el campo. Los detalles de los procesos que intervienen en la evolución son fascinantes, pero carecen de importancia.”

 

“Todo está hecho de la misma materia, y cuanto más lejos miramos, menos probable parece que en alguna parte intervenga alguna materia diferente. Somos polvo galáctico y polvo galáctico volveremos a ser.”

La complejidad aparente del universo no es más que sencillez organizada. La energía tiende hacia la degradación espontánea y sin propósito, aun cuando a escala local pueda producir la ilusión contraria. En ocasiones resulta difícil comprender cómo se generan ciertas estructuras complejas, como la conciencia, pero todo se encamina hacia una degradación contínua e irreversible de la energía.

 

“La estructura profunda del cambio es la degradación. Lo que se descompone no es la cantidad, sino la calidad de la energía.

 

“Cabe que aquí y allá el caos retroceda temporalmente y la calidad resplandezca, como ocurre cuando se construyen catedrales y se interpretan sinfonías. Pero se trata de engaños temporales y locales, porque en un nivel más profundo del mundo el resorte se desenrosca ineludiblemente. Todo es impulsado por la descomposición. Todo es impulsado por la descomposición sin motivo ni propósito.”

La propia estructura íntima de la materia impone restricciones en ese proceso de degradación, entre las distintas posibilidades de organización. Lo que nosotros hacemos al observar la naturaleza es interpretar ese comportamiento y darle rango de leyes, pero lo que subyace no es más que una combinación de aquello que Jacques Monod denominaba sutilmente “azar y necesidad”.

Al analizarlas en profundidad vemos que las fuerzas son formas de distorsión del espacio-tiempo, pero Atkins va más allá, concluye que el propio espacio-tiempo, más que un escenario para la expresión de la materia, es la naturaleza misma de la materia. En lo más profundo podemos llegar a intuir que la materia y la energía son diferentes manifestaciones del único componente real del universo: el espacio-tiempo. Después de analizar los distintos modelos posibles de espacio-tiempo concluye que el universo formado por tres dimensiones espaciales más el tiempo, como el nuestro, es el único capaz de generar a la vez complejidad y estabilidad suficientes para el desarrollo y la aparición de la conciencia.

 

“Sólo en un espacio-tiempo de nuestra dimensionalidad, tres dimensiones del espacio y una del tiempo, hay fuerzas compatibles con la existencia de la materia”.

 

“Argüiré ahora que la conciencia es tridimensional. Este punto de vista se basa en que sólo en tres dimensiones hay órbitas planetarias de estabilidad persistente, y, por lo tanto, sólo en tres dimensiones hay tiempo y oportunidad para reunir una complejidad delicada hasta el punto de que pueda responder a su entorno con la sutileza que nosotros, los que la experimentamos, denominamos «conciencia»”.

Nuestra “creación” sería pues una fluctuación aleatoria cuadrimensional de generación de espacio-tiempo a partir de la “nada”, una descomposición en contrarios, es decir partículas de materia y antimateria discernibles únicamente por su dirección de avance en el tiempo. Un proceso, por supuesto, sin necesidad de intervención exterior que evolucionaría por degradación del espacio-tiempo original hasta la aparición de cuerpos complejos, como los elefantes o la consciencia. La realidad sería un simple proceso de descomposición de la “nada”.

 

“En el momento de la creación, en algún sentido la nada tiene que separarse para formar contrarios sumamente sencillos. Si la separación genera un motivo suficientemente complejo, los contrarios adquieren estabilidad y sobreviven”.

 

“Podemos considerar la creación meramente como la fabricación de espacio”.

Quizás entonces hablar de creación sería casi una perversión inducida por la apariencia, ya que no habría necesidad de ninguna voluntad creadora detrás de esa fluctuación azarosa que originó nuestro universo… y nuestra conciencia.

 

“Puede que el hecho de que apareciese un universo como el nuestro, dotado con exactamente la mezcla apropiada de fuerzas, parezca un milagro y que, por ende, requiriese alguna forma de intervención exterior. Pero no hay nada que no pueda explicarse”.


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