Ateus de Catalunya

 

Ciencia versus religión, un falso conflicto

STEPHEN JAY GOULD

Editorial Crítica

En Ciencia versus religión, un falso conflicto, Stephen Jay Gould pretende haber resuelto de forma definitiva el secular conflicto entre ciencia y religión partiendo de una premisa muy simple, a la que denomina MANS, que consiste en postular la existencia de magisterios distintos para ámbitos distintos de conocimiento y en defender que dichos magisterios deben ser capaces de convivir respetuosamente aportando sus conocimientos respectivos para el desarrollo integral del hombre en su camino hacia la sabiduría.

Bajo esta perspectiva el título de la edición castellana resulta más ilustrativo sobre el contenido de la obra que el original en inglés de Rocks of ages, que podría traducirse por Rocas antiguas, en escueta referencia a esas dos grandes y antiguas construcciones enraizadas con firmeza en nuestra civilización que son la ciencia y la religión.

En su discurso Gould sitúa el mundo de la naturaleza bajo el magisterio de la ciencia, el de la moral bajo el magisterio de la religión y el de la estética bajo el magisterio del arte. Para él todos los magisterios son igualmente positivos y aportan saberes necesarios para llegar al conocimiento integral de la realidad, y cada uno de ellos debe circunscribirse al ámbito concreto de su disciplina para evitar entrar en conflicto con los demás. Refiriéndose a ciencia y religión dice por ejemplo:

«estos dos ámbitos poseen igual valor y nivel necesario para cualquier vida humana completa; y (…) permanecen lógicamente distintos y completamente separados en estilos de indagación».

Una vez dada por sentada esa afirmación, que a nosotros nos parece de lo más aventurada, lanza la hipótesis de que la aparición de conflictos entre ciencia y religión a lo largo de la historia es un problema ficticio,

«un debate que sólo existe en la mente de las personas y en las prácticas sociales»

ya que para Gould tales conflictos se han dado tan sólo esporádicamente cuando se ha producido una invasión en los espacios respectivos por parte de los distintos magisterios y, por tanto, resultaría relativamente sencillo acabar con dichos conflictos si cada cual se mantuviera en su propio ámbito de conocimiento.

Para ello aporta algunos ejemplos históricos repletos de interpretaciones personales acerca de las intenciones profundas de los personajes que analiza, Colón, Galileo, Darwin, el famoso juicio de Scopes en Dayton en 1925… para llegar a la conclusión de que el conflicto generalizado entre ciencia y religión es una falacia porque la mayor parte del tiempo la mayoría de creyentes no pretenden que la religión interfiera en el campo de la ciencia y viceversa, es decir que los científicos, en el ejercicio de su profesión, no pretenden por lo general inmiscuirse en el ámbito de la moral ni de la religión.

«Estas batallas históricas genuinas no oponen a la ciencia contra la religión, y sólo pueden representar un juego de poder por parte de fanáticos formalmente aliados a un bando, y que intentan imponer sus puntos de vista idiosincrásicos y decididamente minoritarios sobre el magisterio del otro bando.»

En la defensa de esta segunda suposición se centra precisamente buena parte de la obra, en el análisis un tanto particular de la relación entre ciencia y religión en ámbitos y momentos distintos para concluir que tan sólo se dan pequeñas escaramuzas entre sectores marginales y fundamentalistas de ambos bandos incapaces de reconocer que el dominio del otro magisterio es igualmente lícito y respetable, algo así como que el conocimiento se fundamenta en compartimentos estancos e impenetrables igualmente legítimos, entre los que no existe comunicación, sino que todos aportan independientemente su riqueza a esa realidad compleja que constituye el ser humano.

«Los creacionistas no representan el magisterio de la religión. Promueven celosamente una doctrina teológica particular, un punto de vista religioso intelectualmente marginal y demográficamente minoritario».

«Mientras que los científicos han de actuar mediante principios éticos (…), la validez de tales principios no puede inferirse nunca a partir de los descubrimientos objetivos de la ciencia.»

«Ya bastante daño han hecho los científicos que violan MANS al identificar equivocadamente sus propias preferencias sociales como hechos de la naturaleza en sus escritos técnicos».

Sin embargo la argumentación de que un grupo no representa a todo un colectivo, aun siendo cierta en lo general, no puede ser significativa al tratar de la religión, porque lo que se analiza no es si ese grupo concreto representa o no a todas la religiones, sino que el grupo en cuestión constituye una muestra de lo que sucede cuando la aceptación de verdades subjetivas pretende imponerse como fundamento del conocimiento, es decir se refiere a la propia esencia de lo que es la religión.

En cualquier caso la pretensión de S. J. Gould de ventilar en su obra un conflicto secular tan trascendental queda pronto en evidencia cuando nos preguntamos sobre el fundamento de algunas de sus proposiciones. En primer lugar parece más que discutible su premisa de que existan distintos magisterios, es decir, formas de aproximación al conocimiento de la realidad igualmente legítimas, y que la religión pueda ser considerada sin más como una de ellas; pero todavía resulta más difícil de digerir la afirmación de que, una vez considerada la posibilidad de dichos magisterios, respondan o no a alguna forma legítima de conocimiento, no haya ninguna causa para que entren en conflicto.

S. J. Gould es un científico que se declara a sí mismo agnóstico, por ello su participación en este debate podría parecer a priori neutral, pero como ya está archidemostrado el hecho de ser científico no garantiza más que el dominio, como reconoce el propio autor, de la especialidad propia y por ello sucede lo que en tantas ocasiones, que queriendo resolver un conflicto ajeno a su disciplina en base de propuestas conciliadoras acaba por mostrar su propia impregnación religiosa, buscando la forma de justificar un espacio para la religión en un mundo donde el conocimiento objetivo cada vez más va arrinconándola hacia posiciones difíciles de defender. Por eso no logra convencernos con su propuesta, porque no aborda el problema en su registro real y sólo trata de quitar hierro a la contienda a base de buena voluntad.

Afirmar que en la mayoría de los casos no se produce conflicto porque la religión coincide con la ciencia es una perogrullada, evidentemente que no hay conflicto cuando no existe discrepancia. La cuestión es: si hay discrepancia con el saber positivo hasta dónde está dispuesta a replegarse la religión con tal de salvaguardar sus creencias. Porque ahí es donde aparece el conflicto, a medida que la ciencia avanza y ensancha sus dominios arrinconando la superstición y la especulación. ¿Está la religión dispuesta a abandonar sus verdades objetivas a medida que la ciencia las ponga en cuestión?

Cuando sectores de la religión aceptan una teoría científica lo hacen porque esa teoría es compatible con sus creencias, no porque estén dispuestos a abandonarlas cuando la ciencia pruebe su ineficacia. La asimilación a posteriori es lo que va conciliando la ciencia con la religión, no la ausencia de conflicto, es decir de colisión. De lo contrario la religión debería aceptar que la revelación no proporciona conocimiento real en lo tocante a las ciencias objetivas y a la realidad del mundo, sino simple y pura especulación. En cuanto al magisterio moral de la religión… habría primero que discutir en qué se basa su validez.

 

*PÀGINA PRINCIPAL *QUI SOM *NOTÍCIES I ARTICLES *CAMPANYES *TEXTOS LEGALS I ALTRES DOCUMENTS *BIBLIOTECA *ENLLAÇOS I ALTRES ADRECES D'INTERÈS *CONTACTA AMB NOSALTRES

 

 

©Ateus de Catalunya

Apartat de Correus núm. 13.112

08080-Barcelona

info@ateus.org

http://www.ateus.org