ATEUS DE CATALUNYA

 

Una moral sin Dios.

Richard Holloway

Alba Editorial

El autor nos advierte ya en el subtítulo “Hacia una ética desvinculada de la religión” que el verdadero propósito de la obra no es tanto abordar la cuestión de la existencia de Dios como explorar si hoy en día es posible construir una ética capaz de ofrecer respuestas satisfactorias a los principales problemas de nuestra época que sea asumible tanto por los creyentes como por los no creyentes.

“Este libro no trata de Dios, ni de si Dios existe o no, sino que se basa en la creencia de que debemos desvincular a Dios y a la religión del empeño por recuperar algunos elementos de una ética común.”

“En este libro habrá numerosas referencias a Dios y a la religión, pero el objetivo es unir a los creyentes y a los no creyentes en la búsqueda de una ética viable para nuestro tiempo.”

Un reto sin duda ambicioso que sorprende en muchos pasajes por su atrevimiento, poco habitual en un eclesiástico del rango de Richard Holloway, pues no en vano fue durante 14 años obispo de Edimburgo y cabeza de la Iglesia Episcopaliana de Escocia, pero en cualquier caso su planteamiento es honesto, abierto y, por encima de todo, altamente estimulante.

Holloway arranca con una pregunta crucial cuya formulación puede ofrecer, según el interlocutor, respuestas profundamente dispares:

“¿Debemos ser religiosos para ser morales?”

 Una pregunta que nos situa en la encrucijada de establecer la necesidad o no de vincular moral y religión. Para muchos creyentes y líderes religiosos sólo desde la religión puede haber una verdadera actitud moral, pues para ellos Dios es la fuente única de todo valor y sentido. Según el autor muchas de estas personas parecen coincidir en la percepción de que en los últimos tiempos se ha producido una especie de decadencia moral que sólo puede detenerse “reinvirtiendo” en la recuperación de las doctrinas religiosas.

Pero el propio Holloway desarma dicho planteamiento mostrando que la religión ha sido responsable tanto de los mejores como también de los peores hechos a lo largo de la historia, y que otro tanto ha sucedido desde el ámbito de los no creyentes. Asimismo constata que existen personas perfectamente capaces de mantener una vida moral sin necesidad alguna de sostener creencias religiosas, lo que hace evidente que la religión no constituye ninguna condición sine qua non para poder desarrollar una vida moral plena.

 

“la historia nos ha demostrado que muchas afirmaciones hechas en nombre de Dios más tarde fueron rechazadas por razones morales, de modo que un mandato etiquetado como divino no garantiza su procedencia divina.”

Para él la razón de que la religión haya actuado como referente moral en el pasado no debe buscarse tanto en la procedencia supuestamente divina de los valores como en el hecho de que durante siglos Dios ha sido el recurso que ha permitido asegurar la estabilidad y el funcionamiento del sistema. El temor a Dios y el sometimiento a la autoridad, a la que el hombre debía obediencia ciega, garantizaban la supervivencia de la tradición.

 

“ahora entendemos que la mayoría de los sistemas morales reflejaban y sustentaban estructuras externas de autoridad, porque hasta hace muy poco casi todos los sistemas humanos eran totalitarios: sistemas de dominación, basados en la ética de la obediencia a la autoridad. Lo que la gente hacía era obedecer.”

Esta es precisamente la causa por la cual, para Holloway, la religión ha perdido hoy su hegemonía respecto a la moral, porque se fundamenta en dogmas que quizás en su orígen satisfacían o regulaban necesidades sociales reales, pero que al alejarse de la época y las condiciones en que fueron gestados han dejado de realizar su función original y se han transformado en ritos vacíos. Las normas evolucionan al ritmo de la sociedad o de lo contrario… son obviadas y terminan sencillamente convirtiéndose en un lastre.

El hombre evoluciona, la sociedad evoluciona, y hoy en día el concepto de autoridad irracional ha dejado de ser un recurso válido para justificar la legitimidad de un sistema moral. El hombre ya no reconoce ninguna autoridad “a ciegas”, se ha perdido el temor a los dogmas religiosos y en su lugar han ganado terreno otros valores como la libertad y el consentimiento.

 

“Lo que mucha gente ha dejado de creer es que la vida moral, vivida intencional y conscientemente, sea coherente con la obediencia ciega a cualquier autoridad, incluida aquella que se nos presenta como autoridad divina.”

Esto plantea dos cuestiones, la primera es la toma de conciencia de que las tradiciones y la moral son herramientas construidas por el hombre para resolver necesidades en contextos determinados, y la segunda es que por eso mismo existe la posibilidad de construir una moral nueva para afrontar los retos que precisan el hombre y la sociedad actuales.

 

“Nosotros mismos creamos las tradiciones que han dejado de servirnos, de manera que existe la posibilidad de crear otras para el futuro. Quizá sean menos sólidas que las del pasado, más pasajeras o provisionales, pero eso permitirá que se adapten mejor a nuestro tiempo y nuestras necesidades.”

La única premisa indispensable para ello es que los nuevos modelos cuenten más con el asentimiento de la voluntad que con la imposición de unos valores de pretendido origen trascendente fundamentados en prejuicios religiosos obsoletos.

 

 “Es peferible dejar a Dios fuera del debate moral y buscar buenas razones humanas para sustentar el enfoque o sistema moral que propugnamos, sin esgrimir contundentes argumentos divinos.”

 

“los sistemas más eficaces casi siempre se basan en el consentimiento, no en la coacción; en la aceptación voluntaria, no en la obediencia impuesta.”

Para ello Holloway propone reconstruir la moral a partir de las nuevas posibilidades aportadas por el conocimiento, unas posibilidades que no tiene sentido rechazar simplemente porque no se corresponden con los cánones imperantes en el pasado. Sólo mirando sin miedo hacia adelante podremos comprender y asimilar las nuevas situaciones a las que nos conduce de forma inexorable el futuro.

 

“Pronto gozaremos de la peligrosa libertad de elegir nuestro futuro y la clase de sociedad que deseamos. Este potencial asusta a la gente que se aferra, por las razones que sean, a una concepción inmovilista de la naturaleza humana y sus posibilidades.”

Uno de los puntos más cuestionables es precisamente su tímida propuesta para fundamentar esos nuevos referentes. Holloway sugiere buscarlos en el propio ser humano, algo que aun siendo razonable deja entrever sus profundas e inevitables raíces cristianas.

 

“El principio de no hacer daño a otro es muy amplio, y en determinadas circunstancias exige sutiles dilucidaciones, pero es una guía útil para abrirnos paso en el debate sobre qué es aceptable y qué no lo es en la conducta moral.”

El objetivo final es hallar y promover una ética “ecuménica”, es decir un ambicioso sistema moral de aplicación universal que pueda ser asumido tanto por creyentes como por no creyentes.

Es probable que si hay realmente un camino hacia una moral que pueda compartir toda la humanidad no se halle lejos de la fórmula propuesta por Holloway. Sin embargo, a nuestro parecer, su principal dificultad para lograrlo estriba precisamente en una de sus virtudes, y es que relativiza el dogmatismo moral hasta tal extremo que hace difícil comprender cómo pueden conciliarse sus propuestas con las doctrinas de algunas confesiones religiosas organizadas.

 

 

 


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