ATEUS DE CATALUNYA

Daniel Jonah Goldhagen

La Iglesia católica y el Holocausto

Taurus. Santillana Ediciones generales

 

En 1997 D. J. Goldhagen provocó un gran revuelo en Alemania con la publicación de Los verdugos voluntarios de Hitler, una obra en la cual desarmaba algunos de los tópicos más comunes sobre el papel ejercido por los ciudadanos alemanes durante el holocausto. Su investigación puso sobre la mesa la tesis de que quizás el pueblo alemán “en general” no había sido tan inconsciente sobre las actividades del régimen nazi como se pretendía.

Pero durante su trabajo también recopiló abundante información que le condujo a otra afirmación polémica: la Iglesia Católica tampoco había sido tan ajena a esa barbarie como se había hecho creer hasta entonces.

El Vaticano siempre ha tratado de sacudirse de encima cualquier posible vinculación con el nazismo, y llegó incluso a crear una comisión para “investigar” las imputaciones que se le atribuían al respecto. En un documento publicado en 1998 dicha comisión exhoneró en lo esencial a la Iglesia de toda responsabilidad por el genocidio nazi.

“La Comisión vaticana para las relaciones religiosas con el judaísmo, en lo que constituye una de las más flagrantes falsedades históricas pronunciadas en público en los últimos tiempos, declaraba en Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoah que el «antisemitismo de los nazis tenía sus raíces fuera del cristianismo».”

Los trabajos de Goldhagen concluyeron en 2002 con la publicación de La Iglesia católica y el Holocausto, una obra de lectura compleja, enmarañada a veces, pero sin duda apabullante, profusamente documentada e impecable desde el punto de vista metodológico. Su conclusión es la indiscutible culpabilidad moral de la Iglesia Católica por su actuación durante el holocausto, sobre todo si la cotejamos con el modelo de comportamiento que ella misma presenta como ejemplo de rectitud moral.

El libro está estructurado en tres partes. En la primera analiza el comportamiento de la Iglesia, investiga los hechos y extrae las conclusiones que sirven de base para la segunda parte, el juicio moral sobre las acciones de la Iglesia. En la tercera examina la reparación moral que correspondería a la institución católica para resarcir a las víctimas y a la humanidad en general por su actuación, y analiza los cambios que la Iglesia debería abordar para impedir que tales hechos pudieran volver a reproducirse.

La primera parte empieza revisando los orígenes y la historia de los prejuicios contra los judíos, y constata de forma indudable que el antijudaísmo siempre ha estado profundamente arraigado en la Iglesia.

“Durante siglos, la Iglesia Católica (…) albergó en su seno el antisemitismo, haciendo que constituyera parte integral de su doctrina, su teología y su liturgia.”

También es cierto que la Iglesia nunca ha defendido un antijudaísmo racial y que uno de sus propósitos era precisamente la conversión de los judíos, mientras que para los nazis el antisemitismo era racista y por tanto los consideraba incorregibles, una “tara” genética. Pero al margen de esas diferencias y de las “soluciones” propuestas para el “problema” en uno y otro caso, las coincidencias son alarmantes.

“Según la doctrina racial nazi, la maldad de los judíos derivaba de su constitución física, de un impulso biológico como el que lleva a los animales o microorganismos predadores a cazar y destruir. Por lo tanto, los judíos eran irreformables. Había que encarcelarlos a perpetuidad o matarlos. (…) La Iglesia se atenía a la antigua doctrina de que la maldad de los judíos hundía sus raíces en una religión que se reputaba obsoleta y perniciosa, así como en el voluntario rechazo de Jesús. En consecuencia, los judíos eran, al menos en principio, redimibles.”

A continuación analiza el comportamiento de la Iglesia Católica durante el nazismo. Pone de manifiesto cómo la Iglesia, con el Papa y la jerarquía al frente, contribuyó a fomentar las denuncias y las calumnias contra los judíos y cómo mantuvo un silencio sepulcral mientras se perpetraba el genocidio.

“En lo tocante al propio holocausto, Pío XII era informado con regularidad de los pormenores de la aniquilación en masa de judíos que se estaba produciendo, y de la que tuvo noticias casi desde el principio. Durante la guerra nunca realizó declaración pública alguna para condenar la persecución y extermino de los judíos a manos de los alemanes.”

“Ni el Papa ni el Vaticano utilizaron todos los medios a su alcance para evitar crímenes de sus subordinados, de los que tenían conocimiento previo. En realidad apenas hicieron nada.”

Después explica cómo la Iglesia colaboró en lo esencial a perseguir a los judíos alemanes facilitando acceso a sus archivos genealógicos y cómo en algunos países, como Eslovaquia o Croacia, los eclesiásticos estuvieron en primera línea durante la consumación de los delitos. La relación es tan sobrecojedora que produce auténticos escalofríos, y los documentos aportados por Goldhagen no dejan ningún resquicio de duda sobre la responsabilidad moral de la Iglesia Católica...

“El campo de más triste renombre fue el de Jasenovac, donde los croatas mataron a 200.000 judíos, serbios y gitanos. Cuarenta mil de ellos perecieron durante el reinado insólitamente cruel del «Hermano Satán», el fraile franciscano Miroslav Filipovic-Majstorovic. Ni a él ni a los demás sacerdotes verdugos de Croacia Pío XII les reprochó nada ni les castigó después de la guerra. Por el contrario, el Papa apoyó ese régimen de asesinos en masa.”

El resultado es que Goldhagen demuestra más allá de toda duda razonable que la Iglesia Católica tuvo pleno conocimiento de lo que estaba sucediendo y que salvo honrosas excepciones no hizo nada por evitarlo, o sólo realizó algún tímido gesto para cubrirse las espaldas, sobretodo al final de la guerra cuando se hizo evidente que la situación podía volverse en su contra. Todo ello fue posible porque durante siglos la Iglesia sembró y regó las semillas del odio que después los nazis llevaron al paroxismo.

La Iglesia protestó activamente contra el genocidio de los enfermos mentales o los conversos, pero abandonó a su suerte a los judíos porque consideraba justo que se les castigara por su maldad, por su “obstinada” resistencia a aceptar la doctrina de Cristo. La Iglesia aplaudió las leyes racistas en Alemania e Italia que restringieron las libertades de los judíos, pero cuando el “castigo” subió de nivel y se adoptó la “solución final” la Iglesia desvió la mirada y trató de distanciarse…

El tercer apartado trata de establecer qué debería hacer la Iglesia, una vez constatada su implicación, para para resarcir a los judíos de los daños causados por su comportamiento y para corregirse a sí misma. Aunque ya ha dado algunos débiles pasos en esa dirección está muy lejos aun de ofrecer una auténtica compensación, y para ello debería empezar por reconocer sus propios errores. Por último, debería revisar aquellos puntos de su doctrina que permitieron esos hechos para evitar otros similares en el futuro. Sólo así demostraría su sincero propósito de enmienda.

“Se piensa sin duda que dejar que la verdad se revele sería embarazoso para la Iglesia. Pero seguir evadiendo la verdad es aún más embarazoso y algo peor aún: un crimen, una ofensa para quienes han padecido una injusticia que no será reconocida.”

Por supuesto no puede incluirse en esta valoración a todos los miembros ni a todos los seguidores de la Iglesia, pero lo que evalúa esta obra es, en lo esencial, el papel de la Iglesia como institución, representada en primer lugar por el Papa, con su estructura jerárquica formada por la curia, las iglesias nacionales, obispos y sacerdotes. No significa que todos ellos se comportaran igual ni que apoyaran tales acciones, pero sí que en su conjunto la Iglesia permitió o indujo unos hechos terribles, por los que todavía no ha ofrecido respuesta.


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