ATEUS DE CATALUNYA

David L. Kertzer

Los papas contra los judíos

Editorial Plaza y Janés

 

Esta obra constituye un documentado análisis del antisemitismo dentro de la Iglesia Católica desde el último cuarto del siglo XVIII hasta la Segunda guerra mundial. Arranca con una introducción donde el autor explica cómo el Papa Juan Pablo II, ante la proximidad del jubileo del año 2000, encargó un informe que evaluara la posible responsabilidad de la Iglesia en el holocausto nazi. Once años después el informe determinó que el holocausto había sido consecuencia de doctrinas racistas contrarias a la religión, lo que libraba a la Iglesia de toda culpa.

Kertzer, de orígen judío, quedó decepcionado porque estaba sinceramente convencido de que ésa era la historia de lo que muchos desearían que hubiese sucedido, pero no la de lo que ocurrió en realidad. Pocos años antes él mismo había publicado un libro sobre la historia de Edgardo Mortara, un niño judío de 6 años bautizado en secreto que fue secuestrado y adoptado en 1858 por Pío IX, y por tanto disponía de abundante información sobre el tema.

Por ello profundizó en la historia de las relaciones de la Iglesia Católica con los judíos y llegó a la conclusión de que no existe ninguna duda sobre su responsabilidad en el desencadenamiento del holocausto. Kertzer cree que la Iglesia no sólo tuvo un papel fundamental en la formación de los movimientos antisemitas de finales del XIX, sinó que a pesar de las diferencias ideológicas fue su verdadera instigadora.

“La transición de los viejos prejuicios medievales contra los judíos al movimiento antisemita político moderno desarrollado durante el medio siglo previo al Holocausto encontró en la Iglesia uno de sus principales colaboradores”.

“Aunque el Vaticano nunca aprobó el exterminio de los judíos —de hecho se opuso, aunque quedamente—, las enseñanzas y las acciones de la Iglesia, incluidas las de los papas, sí contribuyeron a hacerlo posible. He ahí la triste pero crucial verdad que el informe de la Comisión vaticana no sólo no reconoce, sino que niega rotundamente”.

El texto narra la historia de los papas y las vicisitudes de los Estados Pontificios a partir de la revolución francesa, la opción de la Iglesia, aferrada a la visión teocrática y medieval del mundo, por el “viejo orden” y su rechazo a las nuevas ideas. A mediados del siglo XIX la Iglesia seguía obligando a los judíos a llevar un distintivo amarillo en sus ropas y a vivir encerrados en guetos para evitar que pudiesen “contaminar” a los cristianos. Se les prohibía desplazarse en carruajes, poseer tiendas y propiedades, y entre otras vejaciones estaban obligados escuchar periódicos sermones de sacerdotes cristianos. La igualdad de derechos que liberó a los judíos de su servidumbre y en muchos lugares de Europa les concedió la ciudadanía fue el detonante para que la Iglesia les acusase de toda suerte de “calamidades”, desde el proceso de unificación de Italia hasta el nacimiento del comunismo.

Con la pérdida del poder político la Iglesia adoptará la estrategia de combatirles mediante la difamación. La prensa adquiere protagonismo en Europa y los periódicos católicos se convertirán en el eje de esa campaña, principalmente el órgano oficial de los jesuitas Civiltà cattolica, al que más tarde, a partir de 1861, se unirá el del Vaticano, L’Osservatore Romano. En el primero de ellos eran habituales los comentarios como el que sigue:

“Os dijimos que mantuvierais a los judíos en los guetos para evitar que se relacionaran con los cristianos, pero no hicisteis caso de nuestras advertencias y les disteis los mismos derechos. ¡Ahora observad las consecuencias! Gracias a los judíos, la religión está amenazada en todas partes y el desorden social se extiende. La única esperanza que nos queda de recuperar la armonía social y la seguridad económica es restablecer las leyes especiales que los mantenían en su sitio.”

En esa lucha contra la modernidad el Vaticano se apoyará en los regímenes fascistas, a los que acoge como baluartes enviados por Dios para frenar la descomposición social. Al mismo tiempo su campaña contra los judíos impregnará la conciencia de buena parte de los ciudadanos europeos. De ahí saldrá el gérmen que dará orígen a los movimientos antisemitas modernos, a pesar de la posterior inhibición de la Iglesia, y en concreto de Pío XII, durante la consumación del holocausto. La transición puede seguirse paso a paso durante las décadas precedentes.

“La eliminación física de los judíos de Europa se produjo como final de un largo camino, un camino que la Iglesia católica (…) contribuyó sobremanera a construir”.

Los ejemplos son infinitos, e incluso aportan muestras de cómo en muchas ocasiones la frontera entre antisemitismo religioso y racial no estaba tan definida como se ha pretendido.

“Qué equivocados y engañados (…) están quienes piensan que el judaísmo es sólo una religión, como el catolicismo, el paganismo o el protestantismo, y no, en realidad, una raza, un pueblo y ¡una nación!”

Ante semejante acumulación de evidencias resulta obvio que para Kertzer el racismo no fue la única y exclusiva característica identificativa del antisemitismo moderno.


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